Discordancias del oficio
Noto algo kafkiano acá: Si me apuro para salir temprano e invierto todo el esfuerzo desde el principio de la jornada, saldré tarde. Algún error ocurrirá que hará que las planas ya hechas se repitan, se cambien y muten tanto que ni su madres las reconocería. Si, en cambio, llego a leer blogs, escuchar música y/o ver alguna película, también saldré tarde. El ignorar la nota de algún vulgar político o el hecho más banal de la tarde para poner atención a las cosas importantes de la vida (como los regímenes de encierro en el XVII-XVIII o las andanzas de Serna en los bares de arrabal) tienen su precio en tiempo.
El asunto es que aquí te chingas o te jodes, el tiempo devora y va con madres. El que intenta robarle, aunque sea a arañazos, un par de minutos se condena; el que es indulgente con su trabajo y se permite ciertos lujos lo paga, también, con tiempo. Así, al final de una jornada laboral la carne (y nuestra neurosis, of course) se unen a ese grito final de Joseph K: «¡Como a un perro!»
