L’horreur.

Horror y muerte convergen sólo si tienes suerte.
¿Y si descubres que bajo la máscara hay un vacío, que contrario a lo que creías sólo hay una carencia de rostro; a dónde irá tu esperanza cuando descubras que luchas contra algo que existe sólo en tu carne?

He conocido el horror. Nunca ver sus ojos y saber que te ven hasta el fondo del alma. Ello radica allí, en lo indeterminado. Invisible. En lo inenarrable. En un eterno flujo.

No es lo monstruoso ni lo grotesco. Lo feo no es lo horroroso. La fealdad es un atributo accesorio del horror. En ocasiones se presenta como su paje, anticipando su llegada. A veces el horror se presenta a través de lo sublime. Un día, hermoso y heroico; otro, repugnante y apestoso. Más allá de los  binomios estéticos y las falsas disyuntivas de la apariencia se encuentra ello.

Fue en una pesadilla. Perdía mi empleo. Sonaba mi móvil temprano y exigían mi presencia en la redacción. ‘Estás despedido’. La razón: un error ortográfico en la primera plana de la sección local. El mismo sueño dos días seguidos.

Sueño banal, sólo terrorífico para el más desocupado workaholic editorial o un pretencioso miembro de la RAE. ¿Quién le teme al desacierto en una grafia?

Sin embargo viví el escalofrío y la ansiedad. El problema no era perder mi empleo como editor provinciano. Bastaría, cuando suceda -y probablemente sucederá-, buscar uno nuevo; el problema es el vacío en la narración, el maldito McGuffin en la historia. El no saber nunca, no hasta ahora, cuál fue el error ni en dónde. Sólo saber que existe, que su existencia cambia el sentido de la nota principal -y de alguna extraña manera, dentro de mi sueño, el del periódico entero- ocasionó mi despido. Saber que está mas no qué ni en dónde.

El terror está allí. No en lo desconocido. El desconocimiento es apertura y promesa de un porvenir. Territorio por descubrir. Es el estimulante perfecto, constante llamado a la aventura. Mas lo incognoscible es -y será- siempre inasible. Es el límite absoluto de nuestro ser y conocer. Lo aterrador es la sospecha de algo que nunca seremos capaces de desvelar. El lugar en el que nunca podremos acaecer. Lo desconocido es el territorio abierto a la experimentación; lo incognoscible el fantasma que asecha, genio maligno, y nos recuerda constantemente el linde de nuestra capacidad. La raíz del horror es ello, lo eternamente meta. metalingüístico, metaexperiencial, metacognoscible. Característica singular, causa de que el discurso yerre al intentar llegar al fondo del horror.

Una imagen puede encausarnos hacia el horror mas no ser -nunca- el horror mismo. El soporte no representa al horror, lo insinúa y antecede su llegada. Todo soporte es transitivo. Con la llegada del horror la escalera cae, se vuelve irrelevante. El soporte no puede ser el horror mismo.

Intentar la aprehensión de lo insondable es camino seguro al confinamiento y la alienación. Al intentarlo -invariablemente- se pierde la ruta, se vuelve sinuosa, pantanosa y lóbrega: se termina en la senda del remedo y la parodia. Un simulacro. El horror en estado puro{1} es inaprensible por medio alguno. Es irreductible a imagen, sonido o letra. No puede ser grabado en papel, sangre o piedra. Sólo se inscribe en el cuerpo pero su signatura es ilegible.

La imagen acústica o gráfica tiene un papel peculiar en el juego del horror. Su función es confundir y hacernos creer que ello está en un lugar. Confundimos al payaso, la araña o la muerte con el  horror y al confrontarlos creemos ganar. Entonces el horror emprende viaje y, desde nosesabedónde, devuelve la mirada. Punza hasta el alma. ‘Soy inasible, puerco pretencioso’. Ello nunca está porque es movimiento. To Theion.

¿Siempre ha sido así? ¡Cómo saberlo! Que cada quien hable del horror de su época. La experiencia del horror variará de tiempo en tiempo. Nadie tiene derecho a pedir a otro que hable por su horror.

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{1} Asumiendo, claro, que existiese un estado puro. Desde que es incognoscible su naturaleza sólo es una suposición. Si es de naturaleza pura o compuesta es una cuestión inaccesible a nuestro lenguaje.

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