Marx para llevar

Karl Marx
La pose es el opio del pueblo.

En el café. Entra una señorita de faldas cortas, piernas largas y coqueta mirada. Camina hacia el dependiente de célebre franquicia. Meneando el culo, haciendo tronar sus tacones. Altiva realiza su pedido en tono complaciente, ese que hace notar el desprecio atenuado por la cortesía.

— Me da un Marx descafeinado, deslactosado, light; le pone una capa de canela, azúcar glás y una cereza; ni frío ni caliente, tibio y con un popote. ¡Que no tenga mucho sabor, odio las cosas así, tipo con sabor fuerte! ¿Sí? Bye.

— Trabaja un Zizek. — Dijo maquínicamente el dependiente. Amaestrado -amaestradísimo- y presto entregó la orden. ¿Para qué entrar en discusiones sobre la naturaleza de la bebida, sobre con qué sabores funciona y con cuáles no; quién era él para dar cátedra sobre ética y estética del café. Me pagan por complacer, no por educar.

La coqueta joven se largó, dignísima y satisfecha. Salió cual diva abriendo las puertas en par. Con mucho cuidado subió a su deportivo nuevo y, como cada mañana, tiró su bebida en la calle ¿quién querría beber semejante basura; quién dice que se compra para consumir? El mercado está allí para satisfacer nuestros caprichos más absurdos, no para hacérnoslo beber ni convencernos de que son buenos.

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