El estercolero. Tras el abismo

El estercolero
Aquí yacen mis textos. Y con ellos yo.

No future.

Algunos sucesos nos marcan de por vida. El primer polvo, evidentemente; el primer cigarro y el primer impacto. Sucesos que definen, sin darnos cuenta, el rumbo de nuestro andar por allí. Conforman nuestra experiencia al fijar un parámetro a partir del cual valorar nuestra experiencia. Fijan la regla de nuestras aspiraciones: no menos de ésto, nunca menos; quizá más, tampoco siempre. Se crea el locus amoenus, la zona de comfort existencial.

¿Y si la experiencia es extrema? No me refiero a esa costumbre tan nuestra de considerar extrema una desviación de la regla, como cuando se habla de ‘medidas extremas’ o ‘deportes extremos’. No en el sentido de más allá de lo que la regla singular me permite. Extremo no como el límite de algo sino más allá.

Más allá. ¿Qué si ese acontecimiento no es más allá de lo que, en dado momento, somos capaces de hacer sino más allá de lo que (creemos) será vivenciable alguna vez; más allá de lo decible; de lo que somos capaces de imaginar? ¿Qué pasa cuando la experiencia se encuentra en la zona fuera de los límites, en el abismo? Non plus ultra.

 


Gauss como representación de un territorio existencial.
Después de a sólo se puede bajar.

Los límites están dentro del rango de lo vivible. Cuando en una campana de Gauss se alcanza el parámetro a sólo se puede descender. Al llegar a regresamos progresivamente al locus amoenus. Ligeramente transformados, un poco agitados pero íntegros. Sin embargo, el abismo se encuentra más allá, meta-a. Aquel que rompa la barrera de a está perdido, will never comeback.

El abismo es la zona renegrida de lo metalingüístico; de lo sublime, lo grotesco y sus manifestaciones. Ahí he visto la locura, o ella me ha visto a mí. Y lo sé porque aún el frío cala mis huesos y la piel se eriza. Lo sé porque la experimenté un momento. No toda, nadie nunca la conoce en su grandeza y queda lenguaje suficiente para hablarla, no a menos que sea un titán. Sólo por una rendijita la contemplé, lejos, sin detalle.

En ese momento me mordí la lengua por cada vez que dije ‘escribo sobre la locura’. ¡Mocoso pendejo! ¡Pretencioso mamón! Como si la locura fuera tan fácil de seducir, como si necesitara voceros. Siempre he querido dejar de hablar/escribir y que una fuerza ajena lo hiciera por mí, devenir un mero canal de traducción simultánea de la locura. Pero experimentarla después de tanto buscarla es épico te desarma. Es el último abismo, el Gran Exceso. No es ello en lo que creías y querías que fuera; está más allá. Hacia ella tendemos puentes endebles, creemos que con describir la falta es suficiente; al vivirla se experimenta la caída. No hay puente suficiente.

DE STULTUS CIVITATIS, un proyecto que pretendìa hacer hablar algunas experiencias, literarias todas, de la locura. Localizarlas, señalarlas. Desprenderles el velo y mostrarla no a ella en esencia sino su actuar, sus efectos. La locura como movimiento y función. La ingenuidad, defecto presente en toda mi vid, me convenció. ¿No es esto un intento patético de domesticar a la locura, someterla y hacerla hablar mientras una daga le atraviesa la garganta? Vivir un ápice de la locura es suficiente para hacerme comprender la imposibilidad de seguir. El camino está cerrado, no hay otra senda más que la perdición y desde allí no se habla.

O por lo menos eso creí. Here comes a new challenger. La misericordía llegó de la mano de tres nobles caballeros. Tres grandes abismos me siguen doquiera que voy. Artaud, Nietzsche, Rimbaud. ¿Cómo, después de haberme regresado la mirada, puedo seguir viviendo con tanta pose? Después de ellos no hay más. Una sola y triste voz no puede contra coro tan poderoso. Arnirim. El mantra de mi perdición. De mi garganta y mis dedos me libraron, me caparon. Incapaz de usar mis órganos de nuevo me condenaron y liberaron a la vez. Sólo queda la experiencia total de la locura, el camino a la perdición y el vicio. Búsqueda de El Gran Exceso. Losing all hope was freedom (free-doom). El Gran Exceso está allí, como una posibilidad; pero el gran estilo está en un abismo dentro del abismo, una zona imposible.

Ante la grandeza, si somos sinceros, nos queda poco menos que callar. Los límites los alcanzamos a tocar, al menos por un momento; los abismos son insoportables. Un acto de congruencia y sinceridad me lleva a aceptarlo: todo lo que pueda decir o escribir no es otra cosa que mierda. Pura mierda. Mierda en la que se reconocen los restos del alimento: hojas y tintas. La mierda es el espejo degradado de la grandeza, y yo un hombre hecho de mierda.

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