La maleta

Ernest Hemingway in Milan, 1918

Brillante e imponente como aquello con lo que comparte nombre.

Ahora que me encuentro al otro lado del muro es pertinente para mí hacer un inventario. Pertinente porque es el peor momento para hacerlo; cuando lo que importa es caminar yo paro; no es autosabotaje, es que me gusta ver las cosas caer en pedazos y lentamente y en todo momento; sea yo, sea el mundo. ¿Cómo recuperar esos cachos de vida arrancados para pagar una deuda jurídica, moral y social; por dónde inicia el camino en busca del tiempo perdido; qué hace un preso al recuperar una libertad olvidaba? La vida me fue arrancada y conmigo sólo queda una puta maleta.

No me dolió partir, a ella sí. No es que me fuera a extrañar, es que salí de su embrujo, la dejé por las letras. Dejé toda mi vida por este cáncer que se llevó todo. Me liberó de todo. No me duele destruir la vieja vida. Al abandonar una cárcel se va siempre con la idea de regresar. Ella, o por lo menos un poco de ella, viaja con nosotros siempre; nos acompaña la promesa del retorno. Lo único que me duele es encarar de nuevo la libertad. Sufro y gozo que se encuentran en el suspenso de la indeterminación.

Elegí a Hemingway, así lo llamé, como herramienta: acción simple, contundente, su peso apenas mayor al kilo; brillante e imponente como con quien comparte nombre. Su brazo de hierro señala, desde 1872, el camino a seguir y del que no hay marcha atrás. Poesía en dosis de 11,43mm.

Necesito paz. Debo callar las voces que murmuran: las que me contagiaron las letras y los sonidos, la voz de mis deudas y la de tu fantasma. Sobre todo debo callar-me. Necesitaba una solución adecuada, no tan ruidosa como para hacer notar mi necesidad de atención; no tan silenciosa como para condenarme a los interiores de algún periodicucho de poca monta. El texto bello es uno que se encuentra entre lo grotesco y lo hermoso, entre la desesperación romántica y lo desilusionadamente racional; la belleza es la presea posterior la agonía.

Queda conmigo su clítoris cortado por mi desprecio, no podía creer que la dejara a ella por la poesía y la prosa, mi decisión le atravesó el orgullo y caló en su carne, salí de su juego; la cabeza de Kafka, el último ídolo derrumbado a martillazos que en postura fetal clamaba por el padre; ‘l’histoire de la folie’, lo más preciado en la puta alforja, mapa para encontrarme con los míos y perderme allí; manuscritos, aquellos que maquinaba en la prisión entre tus piernas, por los que te dejé, prolegómenos a mi Gran Obra. Finalmente lo más importante, aquello que me sacó del apando; la corona del inventario: Hemingway.

¿Qué hay al otro lado del muro, más allá del mundo creado al que uno entra a regañadientes? Está el acto poético. A trescientos sesenta metros sobre segundo haré de mi cadáver el último poema. El verbo se hace carne; la carne muere en ágil verso ¡Viva el verbo!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: