La caída

El abismo es una experiencia límite.
Lanzarse al abismo es aventurarse en un vuelo en picada que nunca termina.

Para poder levantarse es necesario, primero, conocer el arte de caer. Algunos son demasiado cobardes en esta vida, van por allí esquivando abismos, buscando vivir cien años o tomando pastillas para no soñar; otros, panda de imbéciles insensatos, vamos haciendo lo contrario. Si no hay un abismo lo construimos y si no hay un riesgo lo inventamos. Buscamos, también, esa clase de mujeres que saben volar, una mujer pedestre es impensable, porque sabemos que en la caída está la iluminación súbita.

El arte de caer no es un ukemi waza existencial en donde se domina la forma de librar el golpe y aminorar el dolor. El arte de la caída es el arte de planear y simular el vuelo, la administración de la agonía. Nosotros los malditos sólo podemos ir hacia abajo y partirnos el cráneo con el suelo, el arte está en hacerlo con estilo. Aterrizar de cabeza o espaldas, frontal o con un brazo o con el otro, decidir por dónde morir primero; vivir con estilo es planear una muerte digna y procurarla cada día. Elegancia en el sufrimiento.

Nuestros vicios no son la búsqueda de una muerte por la muerte misma. La búsqueda de la desdicha física y la fatiga son, tremenda paradoja, experimentación vital. Los malditos sólo podemos ir hacia abajo. La bebida y el cigarro, el amor las mujeres y la muerte y la palabra, esa estúpida droga, son escaleras y ascensores, una forma de elevarnos tantito para caer con más fuerza. Así como Lucifer fue expulsado del paraíso, así hemos sido doblemente lanzados fuera de las esferas de la vida cotidiana.

Así, reina, que no te sorprenda: el amor que me entregaste, y que llegaste a pensar me iba a salvar sólo me precipito con más fuerza hacia el abismo. Te dije, reina, te lo advertí: aquí no hay nada para ti, a menos que quieras terminar con una esquela barata. Yo me aproveché, monté en tu espinazo y te dejé montar; bebí de tus labios y te dejé beber; te arranqué la inocencia y me pervertí. Aprendí a vivir. Ahora sólo queda la caída. No te culpes, reina, pudimos ser felices, pero la felicidad nada vale comparada con la grandeza.

¿Quién quiere levantarse, cuando la emoción de la caída recorre cada una de tus venas?

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