La cabeza

Una ejecución limpia aunque nada inmediata. La decapitación como liberación última.

La decapitación, también, como la última prueba de amor entregada o exigida.

Sus ojos, ya vacíos, me seguían a todos lados. No importaba si era día o noche o madrugada; si estaba en pie o recostado. Y aunque estaban muertos esos ojos, es seguro, contenían más vida de la que yo podría llegar a tener. Al menos hasta ese día. Una nata blanca sobre las córneas. Rojo y morado en los párpados. El bastardo algo debía, o quizá no. Lo único seguro para mí, no para él, era su muerte.

Un halo de misterio rodea esta clase de encuentros. ¿Quién fue; de dónde venía y hacia dónde iba? La vida es una consecución constante de movimientos que sólo son detenidos por la violencia. Un corte súbito. ¿En dónde vergas estaba el resto del cuerpo? La fuerza que lo desmembró no logró, sin embargo, poner fin al movimiento de este bastardo. Al menos en sentido figurado. Al menos simbólicamente esa incompletitud sigue moviéndose como fantasma, dentro de mi cabeza y mi alma.

¿En dónde estaba el cuerpo? Suponiendo, claro, que había un cuerpo. ¿Y si el cuerpo no existe, si este hombre fue todo cabeza? La razón de su muerte era incierta, de hecho me valió vergas. Pero la forma, siempre es la forma lo que importa. Hay muchos modos efectivos de matar a un pobre diablo: un tiro en la sien o una inyección letal o una descarga eléctrica que fuera mortal. ¿Porqué la brutalidad? Más allá de eso ¿de dónde sale tanta dedicación a la muerte y la vileza? A uno no le queda más que reconocer el arte del verdugo.

Frente a mí no hay un muerto, hay un performance o una intervención sobre un espacio. ¿Una cabeza en medio de la calle, dentro de una hielera y un cartel escrito con algo ininteligibles que bien podría ser un caligrama? El tío bien debió ser un genio. La maldad encuentra en sus actos más desconcertantes una cierta fineza.

Los ojos que vi allí eran los de un inmortal. Si bien su vida como hombre se vio cortada, él alcanzo la perpetuidad en el arte. Su mirada lo decía todo y nada a la vez; la carencia de cuerpo le daba un aire de santidad; devino reliquia. En sus ojos estaba el infinito y sus estrellas y sus males.

El día que conocí el arte.

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