Nuestro ambiguo amor

¿no le hemos otorgado un cierto poder seductor al cigarrillo?

Hay situaciones ante las cuales nuestra sensibilidad social toma partido de inmediato y sin dudar: un asesinato es repudiable; la pederastia, vista con infinito desprecio; violación y abusos contra mujeres, totalmente reprobables. Hay cosas muy claras que están en la zona prístina de la prohibición, cosas que nadie haría sin aceptar que incurre en un error o, por lo menos, una omisión a ciertos códigos éticos, morales o de honor.

Pero no siempre es así. Hay situaciones y acciones ante las cuales nuestra postura es, por lo menos, ambigua. Condenamos, por ejemplo, el humor negro y llamamos a la hoguera al payaso patán que se burla de una tragedia nacional, sin embargo reímos ante chistes y bromas igual o más crueles. Con el tabaco pasa lo mismo, lo repudiamos pero, a su vez, le concedemos ciertos poderes de seducción. Prohibimos su consumo a la vez que,prohibición mediante, lo convertimos en objeto de deseo.

Tal ha sido la importancia del tabaco en nuestra sociedad que el fumar se devino una especie de rito. Desde aquel mocoso engreído que en la secundaria se jacta de ser mayor que sus párvulos compañeros al pasearse con un cigarrillo en la boca, hasta a los oficinistas que, con el pretexto de compartir el humo, establecen lazos de amistad que hacen tolerable la estancia en su prisión. El tabaco está en el corazón de nuestra sociedad, en un lugar privilegiado que comarte con las bebidas espirituosas; sin embargo lo odiamos, luchamos por su exclusión del espacio público: fuera el tabaco la vida pública; que se refunda en la soledad de lo privado.

Condenamos lo que deseamos; buscamos, muy secretamente a veces, lo que prohíbimos. El tabaco tiene sus consecuencias en la salud, todo lo sabemos; que debe respetarse a los no fumadores, estamos de acuerdo. Los intentos que se han hecho por erradicar el tabaco han fallado, los impuestos al cigarrillo que esperaban reducir su consumo y despertar la conciencia de los fumadores por la vía del bolsillo sólo han logrado la emergencia de nuevas marcas y presentaciones económicas del rapé; las fotos de ratas muertas y pulmones cancerosos terminaron como broma entre fumadores.

Escucharemos, y hablo con voz de profeta, en próximos días de amparos y jugadas por parte de los comerciantes preocupados por la pérdida de sus clientes; sabremos de lugares que infringen la regla a la vista de todos y autoridades que, con el paso de los días, se olvidarán de la prohibición; sabremos, sobre todo, de ciudadanos de ambos bandos que quedarán insatisfechos.

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2 comentarios
  1. Javier Hurtado dijo:

    En Manhattan, Woody Allen decía no fumo pero me siento verdaderamente irresistible con un cigarrillo en la mano. El tabaco es un hábito perjudicial, cierto, pero habría que preguntarse si las autoridades, que tantas cosas perniciosas permiten y fomentan, tienen la autoridad moral para prohibir el hábito de fumar.
    No hace mucho en Lisboa, en un restaurante pregunté al camarero si se podía fumar, me dijo que no le preguntase a él que preguntase a lo de las mesas de al lado, me pareció estupendo, era una manera de fomentar la buena educación y el respeto hacia los demás. Fue todo de lo más civilizado, pregunté, una chica de la mesa de al lado me respondió que si no me importaba prefería que no fumase, guardé mi cigarrillo y asunto arreglado, con educación y sin prohibiciones, sólo con buena educación.

    Y ahora aunque no debería, me voy a fumar un cigarrillo. Un saludo

    • Sí, totalmente de acuerdo. No hay nada como la educación y el respeto para evitar agregar reglas innecesarias en un código.

      A su salud, un cigarrillo.

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