Memoria de universitario

The age of innocence.

¿Votar por el PRI, siendo universitario, y después del 68? ¿Votar por el PRI, habiendo pasado por una universidad, y después del jueves de Corpus? Lo entiendo de un anciano. Lo entiendo de ésos que nacieron acarreados y se mueren por una torta de tamal y un boing. Los viejos que siguen esperando que la revolución les haga justicia. Pero, neta, pasar por una universidad y pensar siquiera en la posibilidad de tachar el PRI en una boleta… tío, está cabrón nuestro nivel educativo; más cabrón nuestro nivel de olvido. No sólo hay que ser idiota, además hace falta tener un nulo respeto por la sangre, la derramada y la que se derramará. Hace falta tener memoria de teflón o de burócrata al terminar una administración. Hace falta no tener vergüenza.

Esa tarde del dos de octubre se manifestó, en un sólo lugar y al mismo tiempo, el ímpetu juvenil y revolucionario así como los sueños e ilusiones, con toda la ingenuidad que eso implica, de una generación harta e indignada, emputecida y dispuesta a derrumbar cualquier muro. Un momento histórico, un acontecimiento mayor, del que sólo quedaron, al paso de los años, una serie de slogans desgastados y ya carentes de sentido. “No queremos olimpiadas, queremos revolución” era el grito de batalla que nació emparentado con aquel que buscaba lo que yace bajo los adoquines.

El simio facho dio la orden. Intentó demostrar que las balas pueden, además de hombres, matar ideas. “No hubo matanza, fue un enfrentamiento de las fuerzas del orden contra grupos subversivos”. Las explicaciones oficiales ponen orden: No hubo matanza, honorables fuerzas del orden repelieron the fire from above en defensa propia; héroes de la patria, defensores de la democracia. Las fuerzas del orden y la paz no actuaron en defensa propia, sino en defensa tuya y mía, de la democracia y el bien, en nombre del progreso y las olimpiadas. ¿Los estudiantes? ¡Pseudoestudiantes! Montón de revoltosos que probablemente auxiliaron al extraño enemigo, rojos agitadores que contaminaron con sus músicas y gritos las virginales mentes del clasemediero promedio. Dicen que el movimiento murió allí, que en cada charco carmesí quedó su verdad. Fragmentos, cachitos huérfanos lograron escapar. De lo ocurrido nos quedan los testimonios del suelo y la falsa memoria de las fotografías. Porque la foto, aunque insinúa, nunca alcanza a comunicar la verdad de nada; aunque expresa, nunca encierra al acontecimiento. Lo que pasó en Tlatelolco quedó en Tlatelolco. No sólo sobrevivieron fotos y relatos y gritos y tierra. Las ideas no murieron del todo, volaron y devinieron virus. Contagio. El movimiento estudiantil, prácticamente desarticulado ese dos de octubre, perdió la cabeza mas no fue su final.

“La calumnia no me llega, la infamia no me toca, el odio no ha nacido en mí” Gustavo Díaz Ordaz, el demócrata.

Los fachos están lejos de ser ingenuos. Llamarle simio a Díaz Ordaz y a toda su descendencia partidista es una injusticia, en primer lugar porque los primates simiformes poca culpa tienen de la fealdad del ex mandatario; por otro, ningún régimen es imbécil: había que exterminar cada molécula del veneno rojo. Tlatelolco fue la parte álgida del inicio de una guerra sistemática contra los universitarios. Desde los 60’s, hasta el día de hoy, hay zonas en las que es más peligroso tener un carnet de identidad universitaria que traficar con coca. El gobierno mexicano sabía que “muerta la perra se acaba la leva”, ¿pero cómo luchar contra un movimiento descabezado y que emergía por todos lados; con cada líder muerto o desaparecido y cada movimiento desarticulado un copycat aparecía en algún lugar, cómo matar a la perra y extirpar el cáncer? Dirigentes universitarios se alzaban aquí y allí, grupos armados por doquier. Organismos como Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales y la Dirección Federal de Seguridad fueron la mano izquierda de la represión, formaron el panopticón nacional, el ojo avizor que dictaminaba quién en dónde y cuándo visitaría el Palacio de Lecumberri u otra prisión célebre; la mano derecha, en cambio, apareció con forma de grupos de choque. El más conocido debutó un 2 de octubre del 69: Los Halcones. Grupúsculo de parias y traidores, estudiantes universitarios también cuyo júbilo encendido no buscaba cambio alguno, sólo la llana destrucción. Constituyeron una suerte de ejército irregular al servicio del Estado. Irregular por su conformación; irregular por su modo de actuar. Los grupos de choque serviciales estaban destinados a existir en esas zonas grises en las que, legalmente y por cuestión de logística, ni el ejército ni la policía podían actuar. Cuenta el dicho que el hombre sensato no mea en casa.

El halconazo

Never forget.

El enfrentamiento y el derrame de sangre joven permanecían como promesa desde el 68. Dos de octubre no se olvida es una frase doblemente perversa: por un lado remite al idealismo y el ensueño de las generaciones posteriores, menos bravas y valientes; por otro lado era un designio del régimen. Dos de octubre no se olvida, dos de octubre no se permitiría de nuevo. La guerra se mantuvo, pero en baja intensidad, y todos estaban esperando la menor provocación: los jóvenes temían pero eran temerarios; la policía se mostraba segura, pero bajo la máscara y el tolete se escondía la vacilación. Es difícil, en verdad, decir y afirmar a ciencia cierta quién tenía más miedo. La única constante en ambos bandos fue la incertidumbre y la espera, siempre.

El mismo de siempre

Nuevo empaque, mismo contenido.


¿Vienes a hablarme de cambios, de un nuevo PRI, que el viejo régimen quedó atrás? Que esos tiempos ya pasaron, que la persecución ya fue y que todo estará mejor mañana. Que todo fue una mentira, que esa noche tú no estabas allí, que debo estar confundido y era un PRI igualito a ti. Que nos hemos democratizado, que el buen nombre del partido se ha limpiado. A joder a otro con ese cuento. Que cada estudiante caído, cada obrero y miembro de la oposición ruja desde el Hades; que se sepa el rostro debajo del PRI. No es revanchismo, es respeto por cada gota de sangre. Memoria histórica.

Más respeto por los caídos. Por nuestros muertos y por sus historias. Cada uno de ellos fue descarnado en informes periciales, médicos y síntesis informaticas, en estadísticas, hojas y expedientes traspapelados. Las estadísticas tuvieron nombre, cada tumba anónima tuvo una historia. Hay que recordar perara crear, pero no vivir del recuerdo. Porque los recuerdos producen monstruos, ya la peste de algunas izquierdas universitarias y descerebradas que se han esparcido por el país. Izquierda del sueño y el recuerdo. “ay sí, ay sí; yo no voto por ninguno porque soy bien radical y sólo votaría por Marcos o el Che”, “ay sí, ay sí; yo no voto porque todos son iguales, pinches rateros, mejor hago la revolución con porro en mano”, “Soy bien revolucionario, bien pinche revolucionario; leí la solapa de ‘El capital’ y Marx me cambió la vida”. La peste se esparció por cada universidad. Éso no está chido carnal. Fumar un porro esperando la segunda venida del Che o de Camilo Cienfuegos no nos va a llevar a nada que no sea la contemplación estética y al estoicismo barato de “no hay pedo, lo pago”; al paroxismo. Si alegas, clamas y gritas que no votarás porque no está chido, porque ninguno está a la altura del Comandante o, porque simple y llanamente, no es revolucionario, amigo, espero que por lo menos tengas rifle en mano. Más daño han hecho a las probabilidades de la construcción de una nueva historia los pseudorevolucionarios y la pose que los fachos. Se construyen su mundo aparte, sus comunas personales en donde no el Gran Cambio Histórico llegará solo algún día. Para algunos hombrecillos con buenas intenciones ser revolucionario se convirtió pantomima y pose; mota y alcohol.

La lucha se da en la práctica, el discurso y la urna. En baja o alta intensidad, pero siempre constante y a toda hora, en todas partes.

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