En un páramo

Solo en su cubículo. Compone las mentiras blancas del día. El clic-clac del teclado suena con ritmo maquínico. Timing perfecto en el que el ejecutante se disuelve. Deja de ser persona y es dedos y teclado y clic-clac. Es la música minimalista del hastío. Giro inesperado: fundido a negro. En la escena se ve un páramo terracota con algunos matorrales. El tiempo es irregular, avanza y se repliega sobre sí mismo; noche y día son un sinsentido cuando se altera la regularidad del tiempo. Crack. El reloj deja de girar, sobre el páramo se posan mil soles, asfixiantes. La tierra es una braza que contrasta con el azul pálido del cielo. De la piedra brota una gota, como de su coronilla, y la recorre por un costado. Cae. Y me lleno de desasosiego. Y quiero llorar pero no puedo. Descubro que soy una piedra en el desierto. Un ser inerte en el umbral de la eternidad, incapaz de cruzarlo o echarse atrás. Ni en mis sueños tengo control de lo que hago. Una fuerza ajena habla por mi y actúa por mí. Condenado a ser espectador de mi recorrido hacia la deriva, de camino de desesperación. Y ahora que lo pienso…

– Se han acabo sus 45 minutos. Creo que hemos progresado mucho.

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