El Halconazo, la historia tiene algo que advertirnos.

El puño autoritario :')

Servicio comunitario: Coldwell quiere saber por qué estamos enojados.

Pedro Joaquín Coldwell, líder nacional del PRI, dijo:

 Algo hizo enojar a los jóvenes y nosotros, los priístas, tendremos que ver qué fue lo que hicimos mal para que se enojaran

Aquí, en el estercolero textual, creemos que es necesario apoyar a políticos y militares olvidadizos a encontrar el hilo negro y descubran las misteriosas y ocultas razones que pueden, o no, estar detrás del odio juvenil. También, creo, es una lección para ambos bandos. Que cada quien decida hasta dónde está dispuesto a llegar.

El Halconazo, la historia tiene algo que advertirnos.

Represión durante el jueves de corpus de 1971

Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino.

Los antecedentes

El paranoico se imagina acorralado, siempre. En la sombra del árbol, proyectado por la tenue luz nocturna, ve el fantasma del pasado que le sigue y busca enjuiciarlo. Bajo la cama, en donde la oscuridad reina y no hay nada más que la nada, encuentra al Coco, al acecho siempre, esperando el momento perfecto para turbar su sueño. El paranoico ve en el hombre con gabán que recorre la calle un agente de la CIA o a un terrorista; en el inmigrante el peor peligro para la sociedad. No puede encontrar paz, el sosiego es impensable. Dentro de su mente todo se transforma en riesgo y provocación. El paranoico teme, siempre con algo de esquizofrenia, que su castillo de cristal se astille, se rompa y desaparezca con él. El paranoico necesita justificar su miedo, debe tener un enemigo, y si no existe, lo crea.

Después de conflictos como la guerra cristera y algunos conflictos agrarios, los gobiernos posrevolucionarios habrían de vivir a la expectativa de cualquier enemigo, extranjero o interno, que ponga en duda a la Revolución Mexicana, a La República y al Presidente, imagen divina e intocable en cuya persona descansa la lucha y la herencia de La Revolución. Meterse con El Presidente era un anatema comparable, solamente, con faltarle el respeto a la Virgen Guadalupe. Al rededor de esta idea se fue articulando, con el paso de los años, una serie de aparatos de Estado cuya misión era (podríamos decir que sigue siendo) la anulación de cualquier intento de sublevación por parte de los gobernados. Así, por ejemplo, la Secretaría de Gobernación, en permanente diálogo con la prensa, se aseguraba de que en los medios escritos no se difundiera información “falsa”, reaccionaria o apátrida; de la televisión no habrían de preocuparse, pues allí tenían a sus soldados (Azcárraga dixit). La fundación de la CROC responde a la necesidad de controlar al sindicalismo nacional, y lo hace de una manera tremendamente efectiva al ser la organización obrera más poderosa de la época. La lista sigue y sigue, asociaciones civiles y órganos no gubernamentales constituyeron (y continúa su tradición hasta nuestro días) los brazos extragubernamentales de los regímenes priístas. Así, el gobierno estaba presente en todos lados, creando una verdadera policía del pensamiento.

La paranoia y el control sobre un estado de estas características es una mezcla peligrosa. Uno no le da a un niño una botella rota y lo echa a correr sobre una calle empinada y espera que no pase nada. El 1 de diciembre de 1964 nadie esperaba algo así. Se pensaba, sí, en la continuación del “desarrollo estabilizador” de Ruiz Cortinez. Sin embargo no fue hasta que el Santo Varón, heredero de la Revolución Mexicana, posó sus ojos maniacos sobre la UNAM y el Poli cuando muchos empezar a sospechar que algo podría salir mal. Todo salió mal.

Carlos Monsiváis, gran cronistas de su tiempo que nos abandonó en el 2010 (y a quien en nueve días estaremos recordando con harto júbilo), articula en “Parte de Guerra”, libro escrito a cuatro manos junto con el periodista Julio Scherer García, lo que llama “Teoría de la Conjura”. Éste es el delirio que poseyó a Díaz Ordaz, el miedo irracional al comunismo sin entender, si quiera, lo que el comunismo fue. ¿Y cómo no? El Gran Aliado de México, EUA, que estaba llamado a cumplir un Destino Manifiesto se veía ahora amenazado por las hordas del mal, la marea roja del comunismo soviético. Esto implicaba un riesgo para la estabilidad política del país (es decir, el control totalitario del PRI sobre la nación) y las relaciones con el patrón del norte. Los agentes del mal en México tenían cara y se podían ubicar en esos nidos de guerrilleros y delincuentes que eran las universidades públicas.

Conjurados, terroristas,  guerrilleros, agitadores, anarquistas, apátridas, mercenarios,  traidores, extranjeros, fascinerosos, porros y otros linduras. Los comunistas no eran personas, eran “agentes extranjeros” (aunque su condición de clase media-baja a muchos no les había permitido ni siquiera viajar a Cuernavaca), un riesgo en potencia. En cada estudiante universitario descansaba la posibilidad de la revolución. ¿Pero para qué una revolución más, si México era un país revolucionario? Representaban una amenaza clara y efectiva. Los agentes del mal, los endiablados, debían ser anulados por el bien de la república y el mundo.

Pero hay un pequeño detalle. El movimiento nunca fue masivo. Ni siquiera el grupo señalado de estar detrás de los movimientos, el Partido Comunista Mexicano, era numeroso. Y los estudiantes ¿agentes del cambio, enviados desde la Unión Sovietica para sabotear las olimpiadas o nuestra funcional y límpida democracia? No, de ninguna manera. El ambiente estaba caliente, el espíritu del mayo francés había viajado a todo lo largo y ancho del mundo gracias a sus pintas y cantos; Vietnam estaba en su apogeo y entre algunos universitarios la imagen del Tío Ho era tan popular como las barbas de Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro; tampoco olvidemos que no estaba muy lejos aquel primero de enero del 59, día en que los oprimidos de latinoamérica cantaron junto a los cubanos que había la posibilidad de vivir con dignidad, sin estar arrodillados ante el imperialismo yanqui. El clima estaba caliente y sólo faltaba un empujoncito para que la desesperación y la frustración se convirtieran en acción directa. México 1968, el año en el que el país se convirtió en un polvorín y Díaz Ordaz fumaba sobre un barril lleno de pólvora.

El 22 de Julio del 68 hubo una gresca, típica, entre la Vocacional 2 del IPN y la Isaac Ochoterena, incorparada a la UNAM. Típico en México, y el mundo, que una rivalidad deportiva termina en ojos morados, pedradas y fracturas. La diferencia, en esta ocasión, debido a que fueron estudiantes (y recordemos que cada uno de ellos guarda dentro de sí, según la teoría de la conjura, a un enemigo en potencia), los granaderos aprovechan y se dan un festín de golpes y patadas, de gases y costillas rotas. Desde ese día hasta el 29 de junio habrá huelgas y marchas, dispersadas por la policía, con lujo de violencia. El 30 de julio en la madrugada se da lugar la incursión de tres batallones de la brigada de infantería, un escuadrón de reconocimiento, un batallón de transmisiones, dos batallones de guarnición de plaza, uno de guardias presidenciales y uno de parcaidistas entrarán a la Preparatoria 1 por la puerta grande y a golpe de bazuca. De allí hasta el mitin en la plaza de las Tres Culturas hay un sinnúmero de protestas, huelgas y manifestaciones, y el mismo número de represiones policiacas. Los estudiantes que estaban ocupados en el fútbol americano, el soccer y los exámenes finales los abandonaron súbitamente: habían despertado a golpes y no estaban contentos. Al principio sólo reinaba el encabronamiento, poco a poco éste mutó en el deseo revolucionario. Que quede claro: los jóvenes estaban ocupados compitiendo entre sí, pero la violencia los unió en un odio hacia un gobierno represor que creció tanto hasta despertar la vocación revolucionaria. Ese enemigo al que Díaz Ordaz tanto le temía y que no existía lo terminó creando él mismo.

El 2 de octubre convergieron una serie de intereses y situaciones que, por mucho que hubiéramos querido evitarlo, chocarían. Por un lado estaba la tiranía despótica de Díaz Ordaz, amparado por nuestra dictadura democrática (Vargas Llosa dixit), la presión de los Estados Unidos sobre el paranoico Díaz para acabar con “el enemigo interno” (¿hemos mencionado ya que Díaz Ordaz era agente de la CIA y se le había asignado nombre clave Litempo-2?) y, finalmente, la ingenuidad y el ensueño. Las masas no eran revolucionarias ni estaban entrenadas para la lucha de guerrilla, no eran espías ni militares. El encabronamiento se había convertido en el sueño ingenuo del que quiere cambiar al mundo y… ¡¡BENGALA!! El sueño se acabó.

1968, uno de los momentos álgidos de nuestra historia que es inicio de la guerra sucia. Es aquel año idílico en el que nos atrevimos a soñar con el campo bajo el asfalto de Reforma y tratamos de llevar la imaginación al poder. 68, año definitivo y sobre el que hay que seguir pensando para entender, primero, lo que se festeja el día de hoy y, segundo, la naturaleza e historia de una forma de gobernar que, desde un búnker en Atlacomulco, amenaza con volver.

1971: segunda oportunidad

Desde el mandato de Díaz Ordaz hasta el de Luis Echevarría se mantiene una guerra de baja intensidad en todo el territorio nacional. Sin embargo, Echevarría, quien estuvo involucrado en la matanza de la plaza de las Tres Culturas, trató de acercarse a los jóvenes universitarios de la capital, esto con la intención de evitar un levantamiento similar al del 68. Era necesario, el estado mexicano ya estaba demasiado ocupado combatiendo a los sediciosos universitarios del interior de la república, sobre los que cayó todo el peso de la ley, y a los campesinos hambrientos de la sierra, caldo de cultivo para luchadores sociales de dónde, en 1974, emergería el legendario guerrillero Lucio Cabañas, líder de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento, brazo armado del Partido de los Pobres.

En diciembre de 1970, en el seno de la Universidad Autónoma de Nuevo León, estudiantes y profesores presentaron una nueva Ley Orgánica de la institución, en donde se proponía un gobierno de paridad entre rectoría y gobernación. Desde la propuesta de la nueva Ley Orgánica el gobierno del estado de Nuevo León, encabezado en esos días por Eduardo Ángel Elizondo Lozano, se mostró descontento, y como consecuencia redujo el presupuesto a la institución, lo que les obligó a aprobar un nuevo proyecto de ley que suprimía la autonomía universitaria. La situación movilizará a los estudiantes de la UANL en una serie de huelgas y protestas que culminarían con la renuncia del gobernador el 30 de mayo. La propuesta de Ley Orgánica de profesores y alumnos entra en vigor el 5 de junio de 1971. Queda como rector de la máxima casa de estudios de Nuevo León Héctor Ulises Leal Flores.

Durante “el último aliento” de la resistencia de la UANL, la comunidad universitaria llamó a las universidad del resto de la república a que se solidarizaran con ellos. UNAM e IPN respondieron. Eran otros tiempos, las marchas no se organizaban de manera tan espontánea como ahora podemos hacerlo gracias a las redes sociales y los teléfonos celulares, así que la manifestación de solidaridad hacia la UANL había sido agendada para el 10 de junio, el punto de reunión sería el Casco de Santo Tomás. La fecha estaba marcada y la marcha sería ejecutada, a pesar de que cinco días antes ya se había resuelto la situación en la UANL.

¿Por qué marchar si el conflicto se había resuelto? Los medios oficialistas de siempre insistieron en que fue una provocación. Ya no se apelaba a la imagen del marxista satánico que violaría a nuestras mujeres, quemaría iglesias, contamina a la gente y a nuestros niños, mancillando la educación burguesa. Habían desaparecido, también, los extranjeros conspiradores que le gustaba imaginar a Díaz Ordaz. Ahora se hablaba, simplemente, de porros y porrismo. Eran estudiantes y eran revoltosos. Éso justificaba su comportamiento y la acción en contra.

La marcha del 10 de junio se había transformado. Con el ejemplo de la UANL pasó de ser una marcha de apoyo a un movimiento autónomo que se había inspirado para levantar, de nuevo, su voz. ¿Si la UANL había logrado poner en jaque al poder del Estado, por qué no lo lograrían las dos universidades más grandes y de mayor renombre de México? Las consignas eran varias, pero a diferencia de sus antecesores del 68 éstas ya eran democráticas. Resaltan, por ejemplo, el control del presupuesto universitario por los alumnos y profesores, libertades políticas y educación de calidad para los sectores más desamparados, democratización de la enseñanza y, sobre todo, el fin de la represión por parte del gobierno federal. Ni dictadura del proletariado ni revolución a la cubana. Sólo democracia; ya habían abaratado sus aspiraciones.

Estas demandas, que en el 68 hubieran sonado ridículas, se debían a la idea de que los tiempos habían cambiado. Echeverría no era Díaz Ordaz, y éso ya era ganancia. Con los gestos del presidente hacia los jóvenes se tenía la impresión de que estaba abriéndose la ventana de oportunidad para un gobierno democrático. Estudiantes, jóvenes e ingenuos.

El recorrido iniciaría en el Casco de Santo Tomás, en las instalaciones del IPN, y terminaría en el Zócalo capitalino. Sin embargo se encontraron con tanquetas y granaderos que les impedían el paso por la avenida Maestros. Esta vez no hubo bengalas. De calles aledañas llegaron, sorpresa, un grupo parapolicial conocido como “Los Halcones”. El grupo de choque estaba conformado por auténticos porros provenientes de universidades y colonias populares, vándalos. Fueron entrenados por la CIA y el Ejército Mexicano para hacer el trabajo que, por ley, no podrían hacer ellos, ésto debido a que después del 68 el el gobierno de México había quedado muy expuesto por la matanza de Tlatelolco. Una ventaja de usar estos cuerpos parapoliciales es que, al ir vestidos de civil, podrían imputar la culpa de los hechos violentos a los mismos grupos rebeldes. Éso hicieron ese día.

Fue la gran oportunidad del PRI para cambiar y mostrarse democrático. De acoger a los estudiantes y entablar un diálogo de paridad. 10 de junio de 1971 fue el día en el que la sociedad, a través de los estudiantes, ofreció al presidente la posibilidad de demostrar que había cambiado o que cambiaría. Eso no pasó. 

Los estudiantes de la UNAM y el Poli fueron atacados, primero, con palos y porras. Los Halcones llegaron en camionetas y transporte para granaderos. Persiguieron por varias cuadras a los protestantes, quienes con piedras y palos lograron defenderse. El grupo de choque se repliega. Los estudiantes respiran, hay nerviosismo. Por un momento se cree que todo ha pasado, que se acabó el enfrentamiento, que ya fue. Entonces: bang.

La segunda acometida de Los Halcones ya no fue a palo y porra. Rifles de alto calibre, suministrados por el apoyo logístico del grupo de choque, se hicieron notar. Los estudiantes intentaron, inútilmente, esconderse. No pudieron. En el lugar había policías que no hicieron nada. La gente vio todo. Los Halcones no mostraron misericordia. Los heridos serían trasladados al Hospital General Rubén Leñero. Allí llegaron a dar el tiro de gracia. Se contabilizaron oficialmente 120 muertos. Como siempre, fueron más.

Esa noche, con temor a una respuesta por parte de los universitarios, Palacio Nacional fue protegido por el Ejército. El regente del Distrito Federal, Alfonso Martínez Dominguez, dijo que se haría una investigación, Julio Sánchez, el procurador, dijo que se castigaría a los culpables. La investigación avanzó pronto y señaló a los culpables. Sin duda, era obvio: los estudiantes. Se habían radicalizado tanto que se empezaban a matar entre ellos. Al menos éso dijeron.

El PRI demostró, una vez más, que sabe cómo gobernar. Tienen la experiencia y saben cumplirle a la gente.

Feliz aniversario de la matanza de corpus. No se trata de rencor sino de odio. Veceremos.


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