Del desencanto

Maiakovski, el hombre que no sobrevivió al desencanto mas lo convirtió en poema.

La vida cotidiana es el reino del desencanto.

Es terrible, y a la vez fascinante, la forma en la que llega el desencanto. No es progresivo, no es gradual. Aparece así, seco, de golpe. Un día, inmerso en tus problemas, tus misterios, perdido en tus propios secretos y lo ves. Allí, afuera, al otro lado de la venta, en un pasaje, una frase honesta, un rayo de luz. La inversión de todas las pasiones. No. Peor, su anulación.

Una pasión como el amor, dicen, sólo cede ante una de igual intensidad. Dicen. Del amor al odio no hay paso alguno, es un mismo lugar. La visión, embotada por el fuego mismo de la enamorammiento se perturban hasta ver belleza y perfección y armonía en donde no la hay, donde no tiene lugar. El amor, para sobrevivir, se inventa a su objeto. Mas el odio, contrario a lo que la inteligencia popular quiere pensar, no es su antítesis ni lo peor que le puede pasar. Odio es extensión del amor por otros medios. La dilatación del romance. La intensidad de éste es proporcional al amor. En la frustración de no conseguir lo que queremos inventamos puentes y promesas. Al contemplar lo inalcanzable, al ver lo irrealizable, ficcionamos el odio, el deseo de alcanzar y de realizar. En este juego la pasión se disfraza de binomios, de guerra y contradicción, para mantenerse viva. Porque ajena totalmente al hombre de carne y hueso, desea vivir, quiere perpetuarse. Se niega a aceptar su muerte.

Encuentra su final, también. Como el hombre, que padece sus caprichos, es frágil y puede encontrar su muerte en un punto cero. No perdona. Un día estás perdido en sus ojos, sus páginas y sus trazos. No ves otra cosa que perfección. Es el efecto traidor del enamoramiento, antítesis del desencanto pero también su condición necesaria. Ambos se entremezclan en gesta de fuerzas. La negación tajante. Pende sobre el odio y el amor como la espada de Dámocles. Es una narración sin solución, la ficción que estalla ante sus contradicciones internas. Cerramos los ojos, respiramos, fingimos que no existe y nos abandonamos a la pasión: idas, venidas; embates, repliegues. Nada evita que un día no haya puente suficiente ni promesa que se mantenga. Ni por fas ni por nefas. Un guiño es suficiente y el hilo se rompe. Nada se puede hacer, la llama se apaga.

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