Afinidades irremediables (sobre Miguel Capistrán y Jorge Cuesta)

La conciencia crítica de los Contemporáneos.

Jorge Mateo Cuesta Porte-Petit.

Publicado originalmente en Performance: Interpretaciones sobre interpretaciones.

De lo inesperado de la revelación gran ejemplo es la anécdota del primer encuentro entre Luis Mario Schneider (1931-1999) y Jorge Cuesta en la porteña ciudad de Buenos Aires. Schneider se encontraba paseando por la ciudad, cobijado por la noche y las estrellas o contemplando el asfalto. Una corriente de aire, una maldita e insignificante corriente de aire, levanta un periódico anónimo que se precipita sobre la cara del porteño. Sorprendido por la violenta sarandeada y fuera del trance de la cotidianeidad leyó, como esperando las palabras del Oráculo. Encuentra unos sonetos. Al final: Jorge Cuesta. Pocos días después, y gracias a su librero de confianza, se enteró de todo lo que se sabía hasta el momento: un poeta loco que se suicidó. Punto.

¿Cómo llegan hasta ahí esos sonetos? ¿quién publicó en patria tan lejana ese texto cuando aquí, especialmente en la provinciana Córdoba, se luchaba por borrarlo de la historia, por eliminar su huella y hacer de su existencia anécdota marginal? ¿Esa mañana despertó Schneider pensando en ese momento? ¿supo ahí mismo que terminaría por visitar tierra mexicana para rastrear los pasos del misterioso personaje? A la pasión no se le puede anteceder, nunca se sabe dónde puede terminar uno por ella, o a cuesta de ella.
Casual. Un día haces rabiar a tus profesores y te corren de clase. Sales, carcajeando con tu amigo Gilberto Owen dirigéndote a aquel oscuro café América, y te encuentras con Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Ambos, Owen y Cuesta, altos y delgados, hermosos y malditos, eran centro de atención doquiera que entraban. En aquella ocasión Cuesta, con un ejemplar de un periódico francés bajo el brazo llamó la atención de Villaurrutia. ¿Alguien tan joven y leyendo en francés? Debían conocerse. Villaurrutia quedaría fascinado con la inteligencia del joven Cuesta. La afinidad fue irremediable. ¿Sabían en ese momento lo que iniciaría? No sólo fue el encuentro de los antologadores de Antología de poesía mexicana, sino un momento cumbre para la literatura en español. Acontecimiento fundacional que daría forma a la poesía del porvenir y llevaría a México de la mano a la vanguardia.
Ver a los párvulos jugar en el patio no tiene nada de extraordinario en tiempos previos al internet, la televisión y los vídeojuegos. Dos niños pequeños pasan tardes enteras correteándose, platicando, escondiéndose, hablando de la escuela primaria a la que asisten. Son compañeros. Miguel y Juan León pasan horas preciosas en ese patio ubicado en la calle ahora identificada con el número 3 de la ciudad de Córdoba, a unos metros del parque 21 de Mayo. Un día como cualquiera el niño Juan León se presenta en casa del compañero de juegos. Cumpliendo con las formalidades de todo pequeño que es invitado a comer a casa ajena se presenta con los padres: Juan León Cuesta Izquierdo, para servirle. Sin mayor asombro, el padre del niño Miguel, el señor Capistrán, hará la acotación: Tú vives en el portal de la Gloria, eres hijo de Natalia y sobrino de Jorge, el poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud. Ahí nació su obsesión por Cuesta. Dice Capistrán: Pensar que en esa ciudad en la que vivía existió un personaje así me apasionó y me llevó en su búsqueda. Ahí nació mi obsesión por Cuesta.
Capistrán nunca se hubiera imaginado la cantidad de disparates que tendría que escuchar años después. Rastrear a Cuesta parecía un trabajo imposible. Ese personaje, el misterioso tío de su compañero de juegos, resultó ser un desconocido en su ciudad natal. Ninguno de los mayores, aquellos que pudieron haber conocido al alquimista, se atrevía a hablar, y si lo hacían era para lanzar pistas confusas, verdades a medias o viles falsedades: que si Cuesta era una exhibicionista que acostumbraba salir con una gabardina, como ese cliché de película clasificación B, buscando a los paseantes del parque 21 de Mayo ante los cuales desvelaba su desnudez; o si se había castrado con unas tijeras y sus testículos flotaban en la bañera mientras los demás contemplaban horrorizados; que estaba obsesionado con cambiar de sexo, con devenir hermafrodita; que si tuvo pacto con el diablo; que no publicó nunca, nada. Notó pronto el error: buscar a Cuesta en Córdoba, ciudad provinciana de ambiente levítico en la que era mal visto por su resistencia a entrar al redil y ser una persona, digamos, normal.
La leyenda negra de Cuesta encuentra inició en su ciudad natal. En 1929, a su regreso de una larga estadía en Europa, Cuesta contrae nupcias con Guadalupe Marín‘La Única’. Esta mujer, con voz de sargento, resulta ser nada más y nada menos que la ex esposa de Diego Rivera, el pintor comunista agente del mal. Doble escándalo. No sólo se uniría en segundas nupcias, sino que desposaría a la cónyuge de Satanás. Deshonra, deshonra por todos lados y para siempre. Pero el elemento definitivo, el suceso que logró el pacto tácito entre los cordobeses para intentar enterrar a Cuesta, fue su locura y el suicidio, vistos por muchos como castigo divino al querer salir del redil.
Una tarde con Othón Arróniz y Sergio Pitol el joven Miguel Capistrán, que ya había ido de puerta en puerta preguntando por la difusa figura de Cuesta, vuelve al ataque y les inquiere: ¿Seguros de que no hay nada, nada, nada, nada publicado de Cuesta; ni un libro, un plaquette, un panfleto? Negativa respuesta. Nadie sabe nada. Uno de los interlocutores dio norte: ¿ya buscaste en los periódicos? La obra de Cuesta estaba por ser descubierta.
Revisó cada periódico en la hemeroteca. Sin mucha idea de por dónde comenzar fue buscando su pista. Por fin, un día, encontró el nombre en El Universal, en donde el poeta fue editorialista. Así, se enteró del pleito entre Examen Excélsior, de sus ataques frontales contra el nacionalismo y su admiración por Mae West. Y de ahí hacia atrás, desanudando la madeja.
Apenas a un año de las siguientes elecciones federales el presidente de México, probablemente Adolfo López Mateos a mediados de los sesentas, visita Córdoba. Los reporteros, como coyotes hambrientos, rodean al mandatario. Las órdenes de sus editores son claras: es necesario saber quién será el sucesor. En la comitiva que acompaña al presidente se encuentra el Secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet, quien se encuentra en un rincón solitario, quizá en el lobby de un hotel, quizá en un restaurante.
Me acerqué. Era una oportunidad que no iba a dejar pasar. Me acerqué y le pregunté si podría regalarme un poco de su tiempo y hacerle unas preguntas sobre los Contemporáneos. Torres Bodet se mostró sorprendido de que alguien tan joven se interesara en ellos, que eran unos desconocidos. En ese momento me dio su tarjeta y me dijo que si no tenía ningún problema le hiciera una visita en la ciudad de México, en su oficina en la SEP. Se tenía que ir junto con el presidente y tenía poco tiempo.
Sin ningún problema Miguel Capistrán se presentó en el lugar. Relata el gran impacto que causa esa oficina tan exótica, misma que alguna vez ocupó José Vasconcelos. Torres Bodet refrendó su sorpresa y le prometió toda la ayuda que fuera posible. Pero no es conmigo con quien tienes que hablar. El entonces Secretario de Educación Pública tomó un teléfono con línea directa a otros miembros del gabinete presidencial. Ve a ver a Gorostiza. Está en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Él te puede ayudar más que yo. Fue de sus amigos más cercanos.
La emoción le llenó de adrenalina y cubrió en poquísimos minutos la distancia entre ambas secretarías. Después de muchos años tendría acceso a testimonios de primera mano, a información privilegiada. Había ido a conocer a uno de los Contemporáneos y terminaría conociendo a dos. Un día sin duda lleno de sorpresas.
Al llegar a la oficina de Gorostiza se encontró con su secretaria. ¿Le envía el Secretario de Educación? El Secretario le atenderá en un momento. Se sentó a descansar. Al momento que Miguel cuenta este episodio empieza a hablar cada vez más fluido y el semblante se le ilumina. Me lo advirtió antes de que empezara a entrevistarlo: a mí me preguntan por los Contemporáneos y es como si me pusieran play. No paro de hablar. Pero no sólo no para, sino que desborda vitalidad. Al contar cada paso en su carrera, en sus más de 40 años de investigación, los revive, los recrea.
Sentado, esperando la indicación para entrar al despacho de Gorostiza, cambió de color. Se puso pálido de golpe. Una persona pasó directo, saludando a la secretaria y sin necesidad de esperar, a ver al autor deMuerte sin fin. Como si hubiera visto a un fantasma u otra clase de ser fantástico. ¿Es él? Preguntó a la secretaría. Sí, viene a ver al señor Gorostiza porque mañana mismo sale a la India como embajador.
Salí corriendo inmediatamente y crucé Reforma para buscar un libro. Con la misma regresé.
Regresando, con la emoción a tope, se plantó a esperarlo. El mismísimo Octavio Paz frente a él. Le dijo que en una revista en la que estaba publicando harían un homenaje a Cuesta y esperaba pudiera ayudarles con una colaboración. Paz, accesible, le indicó los sonetos dedicados a Cuesta que podría tomar (sobre los cuales plasmó su autógrafo), que en ese momento no podía ayudar con nada más pues al día siguiente partiría a la India como embajador. Inmediatamente pasó al despacho de Secretario de Relaciones Exteriores. Conocería a Gorostiza. Iba a conocer a los sobrevivientes del archipiélago de soledades, se haría íntimo amigo de algunos.
¿Sabía Capistrán hasta dónde iba a llegar su obsesión? ¿imaginó en algún momento, mientras planeaba su misión quijotesca de rescatar al poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud que trabajaría para Salvador Novo como asistente y sería quien lograra traer a Borges a México? ¿Habrá tenido idea de que entraría en este juego de afinidades irremediables?
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