Entre Beuchot y Foucault I: Reclutando al cadáver de Foucault

Entre Beuchot y Foucault

Así, pues, cuando se habla de una ciencia y un arte humanos y próximos a la vida, sólo se piensa en una ciencia y un arte piadosos, complacientes, aduladores, y no en una actividad desinteresada del espíritu; se piensa en un pensamiento y en un sentimiento vulgares, populares.

Jorge Cuesta, “la política de altura”.

Mauricio Beuchot

Mauricio Beuchot: I’m sexy and i know it (Photo credit: Wikipedia)

Beuchot en Xalapa

El miércoles 6 de febrero en el salón azul de la ex Unidad de Humanidades, a las once de la mañana, el fraile rockstar Mauricio Beuchot presentó el libro ‘Breve esquema de antropología filosófica (una mirada desde la hermenéutica analógica)’ de Jacob Buganza y Rafael Cúnsulo. Ésto ante la presencia de algunos estudiantes y maestros de la licenciatura y maestría en filosofía y uno que otro curioso. En el pequeño auditorio nos encontrábamos unas 25 ó 30 personas. El número puede sonar reducido, pero para ser un evento organizado por una facultad en la que la oferta de lugares es mayor que su demanda, debemos considerarlo un éxito. Al centro del panel se encontraba Beuchot, con los autores cuidándole los costados.

Inesperadamente fue poco el tiempo dedicado al libro y a sus autores y más el invertido en hablar del inmenso currículum del invitado (en más de una ocasión la presentadora, con evidente admiración, nos recordó que son más de 200 páginas sin documentación complementaria —gracias, estaba con el pendiente—). Este artículo, al igual que el evento, pretendía narrar el desarrollo de la exposición del filósofo veracruzano y su coautor argentino, comentar su nuevo libro y sus apreciaciones sobre el panorama filosófico actual, mas en vista de que el valor de la obra de Buganza y Cúnsulo es proporcional a su cercanía con la obra de Beuchot (hecho no explicitado y que quien ésto escribe no cree, pero que puede inferirse dado que Mauricio Beuchot al presentar el libro no cesó, en ningún momento, de hablar de su propia obra y lo importante que es para salvar al mundo de la superchería posmoderna) hablaremos de éste y las ideas, las suyas que desarrolló allí, en vivo frente a nosotros. Es decir, este artículo, al igual que el evento organizado por la maestría en filosofía de la Universidad Veracruzana, perpetuará nuestro arraigado provincianismo intelectual según el cual nosotros, los periféricos, no podemos aspirar a ser más el sidekick de los Maestros, de las Vacas Sagradas de la UNAM. Algún día llegará el momento en el que los intelectuales de la capital dejen de ver en los provincianos a niños pequeños a los que se debe guiar por la senda de la docta doxa, delegándole a ellos, los pocos privilegiados, los elegidos, la labor de abrir camino para la ciencia, la cultura y las artes; también será necesario que nosotros, los condenados a los páramos de la provincia, dejemos de ver en la universidad ajena la panacea que no es. En fin, hace falta que nos deshagamos de la estúpida idea de que es la universidad, el ambiente o la “escena” las que hacen al maestro y no el esfuerzo individual, las noches de estudio y la vida en sociedad sacrificada, aunque sea parcialmente. Cuando ellos superen su centralismo y nosotros este ridículo complejo de inferioridad. Pero ese tiempo no acontece hoy aún y le falta, parece, mucho para llegar. Hasta entonces me siento en mi butaca, esperando a que pase la siguiente deidad intelectual para escupirle en la boca.

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El problema de Beuchot, el que más le interesa, el que le roba horas de sueño y agrega páginas y páginas a su currículum es el del Hombre  (así, con mayúsculas). Ésto es comprobable por cualquiera que revise la extensa bibliografía del autor. En sus textos sobre filosofía de la ciencia, epistemología, educación y política se encuentra, en el centro, el hombre preguntando cómo puede echar mano de esos dominios, cómo acotarlos para que le sean útiles en su búsqueda de realización y sentido. Va incluso más allá: no sólo estos dominios deben tener en el centro la pregunta por el Hombre, sino que sin éste su construcción más que llevarlo por la vía de la felicidad y la realización constituirá una serie de lastres, obstáculos y peligros. Así, tenemos ahora una educación que no educa en valores, una técnica que aliena al carecer de ética y una política que administra la miseria. Así, tenemos una sociedad carente de sentido y norte que le permita navegar a puerto seguro. La filosofía de Beuchot no se conforma con ser brújula, pretende ser el norte mismo; restituir al hombre su dignidad y reconocer su lugar respecto de lo divino, de aquello que no puede ser nombrado pero a lo que nos acercamos por la metáfora, es el interés al interior de toda la construcción beuchotiana.

¿No nos hacen un poco de ruido estas pretensiones de Beuchot? ¿No nos mueve algo en las entrañas, no nos provoca arcadas a los no creyentes, a los laicos lectores de filosofía ‘contemporánea’ (es decir, crítica posterior a los años sesentas)? ¿Acaso no escuchamos estas proposiciones con cierto recelo? ¿Acaso no nuestra primera reacción es sospechar? Dudas todas éstas, según Mauricio Beuchot, síntomas del desastre posmoderno, de la pérdida de sentido ocasionado por la tekné y por cierto pesimismo, cierto tono apocalíptico en la filosofía que no ha podido hacerle contrapeso al neoliberalismo y la globalización que nos han llevado al antihumanismo que reina hoy. Saturación de los sentidos, hedonismo irresponsable, posthumanismo, pesimismo y cinismo nos han alejado de lo que, desde los diálogos socráticos, sabemos debería ser lo más cercano: nosotros mismos.

A tiempos sin dios e híper acelerados como el nuestro Beuchot propone una filosofía que va a contrapelo de lo que él llama la posmodernidad, la cual define en una entrevista con Javier Sicilia (1) como una forma de pensamiento que «considera que la modernidad falló, que perdió su oportunidad de cumplir las promesas y profecías de la razón, que el sueño moderno fue un mal proyecto que nos llevó al imperio vacío de la técnica. La pérdida de la metafísica ha sido también la pérdida del sentido. Para el pensamiento posmoderno, la modernidad nos condujo a peores antinomias que las de Kant; al extremo de hacerle decir a un pensador como Adorno que la metafísica produjo los campos de exterminio de Auschwitz… Es el universo de la decepción, del desengaño, que se expresa a través de una literatura de crisis, de una sensación de estar instalados en la angustia y en la depresión culturales, y descreer de cualquier propuesta que busque conservar el conocimiento o poner reglas claras de conducta ética. La posmodernidad, con diferentes matices, rechaza el núcleo de la modernidad que es la razón y, en consecuencia, la filosofía del hombre y de la ética.» En esta lucha contra el vacío de sentido y la incredulidad, Beuchot propone una antropología filosófica que busca desarrollar las potencialidades del hombre (reminiscencias de Pico) en un nuevo humanismo, un humanismo analógico en el que el hombre es considerado como un ‘sujeto animal inteligente, con voluntad y capacidad de autodeterminación’ (definición ésta de Buganza y Cúnsulo, único guiño de Beuchot a sus interlocutores, o, mejor dicho, a quienes le acompañaron en su monólogo) que tiene dignidad y autonomía y es capaz de llegar a su autorealización mediante valores espirituales trascendentes y naturales, esenciales; un hombre con madurez intelectual y que ejerce su libertad de manera responsable. En el humanismo de Beuchot se puede encontrar también un iusnaturalismo capaz de fundamentar, aunque sea por un procedimiento negativo, los derechos humanos.

El hombre de Beuchot es analógico, es decir, no es un animal salvaje víctima de los caprichos de un deseo que, desde atrás del telón, lo somete a su mandato y su ley; tampoco es el producto histórico, y por tanto subjetivo, hijo solamente de su tiempo y su circunstancia; mucho menos producto sólo de su voluntad, un sí mismo caprichoso que cree estar más allá de Dios, la Naturaleza y su Ley. El hombre analógico está sujeto a sus necesidades biólogicas, pero al cumplirlas se encuentra con la cultura y con la historia; no es todo natural ni todo artificial. La ontología analógica escapa al relativismo absoluto y al esencialismo duro de la modernidad, busca el punto intermedio, la síntesis de estas posturas antitéticas. El hombre es material e intelectual a la vez.

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Reclutando al cadáver de Foucault

Con todo su esfuerzo, en realidad edifica una ontología. Hace una ontología del presente, una ontología de la subjetividad o una “ontología de nosotros mismos”. Ciertamente hace historia, sí, fue un gran historiador; pero también profundiza en las diversas capas epistemológicas de esa construcción, y termina contando los ineludibles supuestos ontológicos de ese mismo discurso. Es, por ello, alguien que hace historia y con ella ontología, o que saca la ontología desde la historia.

Mauricio Beuchot, “historia de la filosofía en la posmodernidad.”

La afinidad entre Foucault y la moral antigua se reduce a la moderna reaparición de una sola carta al interior de una partida del todo diferente; es la carta del trabajo de sí sobre sí, de una estetización del sujeto, a través de dos morales y dos sociedades muy diferentes entre sí.

Paul Veyne, “el último Foucault y su moral.”

Durante su plática, al regresar a la ‘filosofía posmoderna’ insistió Beuchot que ésta fracasó tanto como la modernidad contra la que dirigió sus baterías: Deleuze comenzó defendiendo el devenir y terminó hablando del ‘murmullo del ser’; Foucault empezó advirtiéndonos de la muerte del sujeto y terminó estudiando los modos de sujeción en la antigua Grecia, en su último periodo, según Beuchot, regresa al sujeto. Sobre este punto recalcó: es que para entender al último Foucault hay que hablar griego, y éso ninguno de los ‘foucaultillos’ de mi facultad lo hace, no lo comprenden. Interesante señalamiento del autor que hace que uno, que cree saber un poco de estas cosas, se extrañe y se retire a hundir las narices en los viejos libros arrumbados en algún rincón de nuestra biblioteca en busca, entre parrafadas interminables y notas al píe inmensas, un poco más de oxígeno y claridad. Pero también, hace que uno cuestione qué chingados ha hecho con su vida si para leer a Foucault hay que saber griego y latín. ¿Para entender a Hegel hay que leer alemán; y para Platón griego, igual que con Aristóteles? ¿Qué podemos saber, qué no es válido saber si no somos Mauricio Beuchot? Los que no hemos sido favorecidos por la educación de primera que sólo un fraile puede tener, estamos condenados a la repetición del sermón de los maestros, los que sí saben. Pareciera que nosotros, los simples humanos, monóglotas de mierda, estamos condenados a la inepcia. Propongo una pregunta algo impertinente, que formularé en español porque estoy malito de mi latín: ¿es válido considerar el regreso de Foucault al estudio de la ética (en su triple acepción) un regreso al sujeto?

Intermezzo: Antes de continuar quien esto escribe cree que es una buena idea que alguien le avise al doctor Beuchot que “la lógica del sentido”, libro en donde según él, y lo ha dicho en varios lugares (ibid), Deleuze termina siendo un univocista a ultranza no fue su último libro, y que, además, es anterior a El anti-Edipo, obra escrito a cuatro manos Féliz Guattari, en donde el abordaje que hace de la metafísica es todo menos univocista y trascendental.

Referirse al cajón de herramientas que heredó, muy a su pesar quizá, Foucault a la posteridad implica ciertos problemas. Primero, porque generalmente nos esforzamos, en contra de lo que un buen método dicta, de abordar la obra como un todo, como una serie de enunciados, proposiciones, frases y datos emanados de un sujeto, hombre, autor que da coherencia a esa obra, a la vez que encuentra su coherencia en ella. Así, al tratar de trazar una línea, sea ésta recta u oblícua, nos encontramos con problemas para encontrar con un elemento que nos funcione de asidero desde donde, cabo a cabo, tejer un manto coherente. Esto si somos serios y críticos; si nuestra intención y actitud es totalmente cínica no encontraremos problema y nos será fácil, e incluso barato, decir que la elección de sus objetos de estudio está definida por sus experiencias sadomasoquistas en San Francisco (2), o que su crítica a psicoanálisis es un intento velado de justificar su deseo homosexual[1]. Insistir en el trazo de una línea es olvidar que Foucault es un jugador de póker, un trickster. Engaña y coloca pistas falsas, trampas. Cuando crees que le has pillado su discurso, que le has hurtado algo, notas que no afloja prenda; aparece en donde crees que no estaba y en donde se supone que estaba sólo hay una silueta, un doble que poco a poco, como rostro en la arena, se desdibuja. Se pierde y en su camino te lleva y te abandona. Te deja desolado y sin embargo habla a través de ti. A veces es un Doppelgänger. Se disfraza de Nietzsche o de Althusser, a veces de Hyppolite; se pone bata de psiquiatra y a veces se viste de paria; a veces parece catedrático y, cuando te das cuenta, ya es poeta. Es homosexual, deviene mujer y monstruo. Se vuelve tú y el de junto y el que está lejos. Es un dolor de cabeza leerlo y buscar decir «aquí está Foucault, desnudo en su realidad».  Así como en su obra, dicen, intento serlo en persona: borroso. No-es-nadie, es un-riesgo. Grita, vociferando, que es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir. (3)

Ante esta situación muchos lectores encuentran abismos, pantanos (problema al parecer particular de los académicos, pues es algo que a los no académicos, es decir, los que leen filosofía buscando cierto goce, ciertas herramientas política, cierta cinceles para constituirse en una estatua de sí mismo y, por qué no decirlo, los lectores ocasionales, les es irrelevante); otros oportunidad y oportunismo. No hay idea más equívoca en el mundo que la de la posibilidad de ser “foucaultiano”. No hay un discurso Padre al cual ser fieles, que dicte líneas de acción, cartillas morales o un proyecto político que prometa la utopía por venir. Foucault forja no una teoría unificada o unificadora, sino herramientas, rejillas de análisis, instrumentación de laboratorio para diseccionar los conceptos, discursos y prácticas para mostrar que allí en donde se nos prometió que, después de tantas chupadas, debería estar el centro chicloso de la razón no hay más que ilusión, contradicción y arbitrariedad.

¿Tienes las herramientas atributos ideológicos? ¿Puede un cuchillo, una bota, un martillo o una escoba ser de derecha, izquierda, cristianodemócrata o fascista? Algunos ancianos, como aquellos que cargan el peso de haber presenciado tal o cual hecho histórico o como aquellos que siendo nuestros contemporáneos han sido atrapados por voraces discursos del ayer, insistirían en que, necesariamente, la hoz y el martillo serán siempre, por los siglo de los siglos, el símbolo por excelencia de la lucha del campesinado y el proletariado en contra de las huestes de la burguesía, en contra de la corbata, otro símbolo de esa clase gerencial que domina en nuestro capitalismo tardío, o de la bota, accesorio clásico de todo facho, sea skinhead, blancosupremacista o neonazi. Sin embargo por las noches, cuando los usuarios no experimentan el sueño de sus aspiraciones políticas y éticas, las herramientas no salen del gabinete, el buró y el cajón para enfrentarse en intenso diálogo, arguyendo con figuras retóricas ni claman por la dictadura del proletariado o el regreso de un caudillo anunciado por la historia. La hoz y el martillo no recita Das kapital de memoria ni la bota cita frases de Mein kampf. Yace aquí una de las particularidades del discurso de Foucault: más que erigir un monumento a sí mismo o a convertir su discurso en una afirmación de temperamento, Foucault crea herramientas, o en un lenguaje más actualizado: módulos de código abierto que pueden ser compilados en distintos sistemas para codificar/decodificar datos y hechos históricos. En esto constituye la oportunidad: la arqueología y la genealogía abren posibilidades a la investigación sin ceñir las conclusiones a una serie de axiomas fijos, monolíticos. Por lo mismo, no nos sorprende que para los intelectuales bengalíes “las palabras y las cosas” y “vigilar y castigar” sean elementos básicos para su análisis del poder en la sociedad india; o que en Berkeley se lea “el nacimiento de la clínica” buscando herramientas para el movimientos feminista. Comenta Veyne: En contextos tan diferentes (…) uno a veces se pregunta si esos mil Foucault que se ven surgir en todos los países, en todos los continentes, son compatibles entre ellos. ¿Qué hay de común entre el Foucault de la izquierda bengalí, fuerte-mente teñida de un marxismo más o menos renovado, y el de los intelectuales húngaros, búlgaros, rumanos, polacos, rusos o checos que hacen de él un arma para pensar la transición democrática y las transformaciones de sus sociedades después del desmoronamiento de los regímenes comunistas y de la ruptura con la ideología marxista? (…) El propio Foucault se hubiera sorprendido al ver el destino de sus libros. Sorprendido pero no forzosamente descontento. Le gustaba decir que un autor no ha de prescribir la manera como debe ser leído. Un autor hace un libro, y no tiene por qué forjar, al mismo tiempo, la ley del libro. Quería también que sus obras fueran cajas de herramientas que cada cual utilizara según sus necesidades y objetivos. Puede decirse que su anhelo quedó satisfecho mucho más allá de toda esperanza (4).

En las antípodas de este uso, de lo que podríamos llamar el fair play de la filosofía (¿pues no es parte del pacto filosófico usar los textos como herramientas o piezas de ajedrez y no a los autores como si fuesen un pokemón?), está el oportunismo. Ejemplos de oportunismo sobran, desde el fulano que después de leer el Zarathustra de Nietzsche se siente con el derecho natural de tratar como basura a sus coetáneos, o incluso masacrarlos, hasta aquel que encuentra justificación de su vestimenta negra tras su encuentro con la nausea de Sartre. Esta es la clase de actividad que realiza Beuchot al abordar a ciertos pensadores. Esto lo hace no sólo en su plática de aquel 6 de febrero, en donde afirmó categóricamente que Foucault, el último, da un giro inesperado y regresa al sujeto y la persona; en su libro “historia de la filosofía en la posmodernidad”, en donde busca cooptar no el trabajo de Foucault, sino a su cadáver, menciona que “Con todo su esfuerzo, en realidad edifica una ontología. Hace una ontología del presente, una ontología de la subjetividad o una “ontología de nosotros mismos”. Ciertamente hace historia, sí, fue un gran historiador; pero también profundiza en las diversas capas epistemológicas de esa construcción, y termina contando los ineludibles supuestos ontológicos de ese mismo discurso. Es, por ello, alguien que hace historia y con ella ontología, o que saca la ontología desde la historia.” Páginas adelante, después de un resumen de su obra que por su calidad parecen haber sido hechos por becarios y no por el doctor Beuchot, continúa, Ve que es necesario asirse a una tabla ontológica que evite nuestro naufragio en el mar sin fondo que queda tras la pérdida de los fundamentos. Una ontología modesta y sobria, consciente de sus límites o limitaciones, pero ontología, al fin y al cabo: una ontología del presente, es decir, centrada de manera especial en lo particular y contingente, esto es, en lo dinámico de la realidad, y no tanto en lo que podría abstraerse como universal y necesario (5). Éste último señalamiento lo hace respecto de la clase del 5 de enero de 1983 titulada “¿Qué es la Ilustración?, del curso lectivo 82-83, que ha sido publicada bajo el nombre de El gobierno de sí y de los otros (6), no confundir con un texto de mismo título publicado por en una antología compilada por Paul Rabinow en 1984 (7), aunque podríamos considerarlo una resumen de esa clase, y que llega a nosotros en Estética, ética y hermenéutica (8).

¿Qué es la Ilustración?

En la siguiente entrega de este ensayo, cuyo título será ¿Qué es la Ilustración? cruzaremos las observaciones del señor Beuchot con los textos foucaultianos y El texto el Was ist Aufklärung? (9), de Kant; en la tercera, discutiremos sobre la posibilidad de construir un humanismo con las mismas; en la última entrega, discutiremos propiamente el tema humanista.

Bibliografía

1. Sicilia, Javier. Entrevista con Mauricio Beuchot. Dios posmoderno. Letras Libres. [En línea] Diciembre de 1999. [Citado el: 18 de Febrero de 2013.] http://www.letraslibres.com/revista/convivio/entrevista-con-mauricio-beuchot-dios-posmoderno.

2. Milles, James. La pasión de Michel Foucault. Santiago, Chile : Andrés Bello, 1995.

3. Foucault, Michel. La arqueología del saber. México : Siglo XXI Editores, 1979.

4. Eribon, Didier. Michel Foucault y sus contemporáneos. Buenos Aires, Argentina : Editorial Nueva Visión, 1995.

5. Beuchot, Mauricio. Historia de la filosofía en la posmodernidad. México, DF. : Editorial Torres Asociados, 2009.

6. Foucault, Michel. El gobierno de sí y de los otros. Buenos Aires : Fondo de Cultura Económica, 2009.

7. —. The Foucault reader. Nueva York : Pantheon Books, 1984.

8. —. Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales III. Buenos Aires : Editorial Paidós, 1999.

9. Kant, Immanuel. Filosofía de la Historia – Qué es la Ilustración. La Plata : Editorial Terramar (Caronte), 2004.


[1] Basta con ir a cualquier seminario o ciclo de conferencias sobre Foucault a donde asista un psicoanalista para ver cómo, cuando se trata de abordar los temas de La voluntad de saber de pronto dejan de hablar de un filósofo, de un colega o un maestro para transformarlo en un paciente sesión de diván.

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