De bajo qué condiciones y en qué situación logré mi cometido de mantenerme alejado de Córdoba a la vez que me instalé en Xalapa, con una oportunidad de trabajo y la posibilidad de comerme al mundo a puños mientras visto una camisa elegante y zapatos nuevos: una retrospectiva.

Eastern Mexico

Xalapa (Photo credit: Wikipedia)

Tomamos decisiones. Cada segundo cerramos una puerta a la izquierda o la derecha para escoger una ventana, o al revés. Algunos intérpretes de la física cuántica, que distan mucho de ser físicos o por lo menos científicos, creen que con cada decisión el Universo (ése gran Universo desconocido, inmenso, inconmensurable) se parte. Así, por ejemplo, si hemos decidido desayunar unos waffles, en un universo alterno mi yo, también alterno, quizá desayuna un bagel o un café o unos huevos estrellados con salsa y tortilla frita. En este momento, 14 de febrero del 2013, pienso en esas estupideces. Es imposible que el Universo esté sujeto al capricho del hombre, bajo su ridícula, insignificante y diminuta voluntad. Pero, dada la circunstancia, y por puro ocio, tengo ganas de pensar en esos universos paralelos, pero no a partir de elecciones tan triviales como el desayuno, o si es preferible una lagger o una pint, o una mac o un PC, o Borges o Cortázar. ¿Qué sería de mí si no hubiera renunciado a mi trabajo, si me hubiera callado ante la estupidez burocrática de los que quieren hacer las cosas como saben que no deben hacerse, ante los berrinches de un enano intelectual con megalomanía crónica? En noches como esta me arrepiento. En momentos como el de ahora, 14 de febrero del 2013, empiezo a creer que hubiera sido mejor tragarme el orgullo y mantener mi trabajo. En estos momentos, tiritando de frío, quisiera no saber que vale más el orgullo que la comodidad, quisiera dejar de pensar que tener un trabajo terrible es mejor que estar aquí, a las 4 de la madrugada, intentando dormir en el parque Juárez.

 

Llegué a Xalapa cerca del 20 de enero. Luis me llamó para una entrevista. Dos días antes había hablado por teléfono con él desde una oficina en el palacio municipal de Córdoba, en la de Irene, querida amiga que nos presentó. No lo conozco y en vez de preguntarme lo que haría cualquier potencial empleador –nombre, antecedentes, escuela de procedencia, edad– me toma por sorpresa: envíeme usted el nombre de sus tres libros favoritos, diez canciones favoritas y diez películas; hábleme sobre su padre y su madre. Durante la plática, breve e interferida por un ruido constante, como de estática, hay un malentendido: cree que estaré en Xalapa en unos días. Un viernes o jueves me manda un mensaje al medio día: lo veo en mi oficina en una hora. Imposible llegar de Córdoba a Xalapa en una hora, se lo digo. “Resuelva estar aquí a la hora que pueda”.

Asumí que sería un viaje corto: una entrevista, una evaluación y en pocos días estaría  trabajando. Llegué a Xalapa a las ocho de la noche, en la maleta dos pantalones y tres camisas, además de lo que llevo puesto. En pocos días podría volver por ropa, zapatos y, sobre todo, mi biblioteca. Me reciben en su empresa, él no está; preguntas breves, no encuentro muchas esperanzas por parte de una de los ejecutivos de la empresa. Llama por teléfono y pide que lo vea en su casa, tomo taxi. Me recibe: preguntas breves, me evalúa con la mirada. Todo bien hasta que me repite lo que he escuchado antes: no puedo confiar en usted por el periódico de donde viene, no tiene credibilidad. Carajo. No es la primera vez que lo escucho: cuando intenté conseguir trabajo en el DF, por ahí de noviembre del 2012, todos me dijeron lo mismo: mejor borre eso, no es buena referencia. Es una desgracia, o una gracia, cuando uno va de un lugar a otro muchas veces no ven en uno el currículum, las horas/nalga que pasa diario estudiando o trabajando o los años de experiencia, ven de qué empresa vienes, quién te recomienda, de qué escuela saliste; si tu anterior trabajo fue en Reforma, pues excelente, si estudiaste en la UNAM, magnífico ¿pero qué pasa si saliste de un periódico sin credibilidad, uno cuyo motor es el berrinche y la necedad? A cada quien su cruz, la mía fue trabajar en el Tono.

Ya es viernes y no ha contestado. Dijo que me resolvería el lunes, dos días después de nuestra entrevista. Y nada: ni correo, ni llamada. Irene dice que espere. Va a ser un problema. Cuando avisé a mis amigos que llegaría a Xalapa Poke me ofreció quedarme en su pensión, su casera amenazó con correrlo porque quería que yo pagara renta. Desde entonces voy de casa en casa, sin lugar fijo donde vivir. Llegué sólo con el dinero del autobús. Luis me dio 200 pesos, después de nuestra entrevista. Para el taxi, dijo. También me recomendó pasar a la empresa, para que me pagaran el boleto de autobús Córdoba-Xalapa y viáticos. Me negué. No me gusta recibir dinero sin trabajar. Van 10 días. Dice que evaluará mis documentos. No le creo. Sigo sin dinero y sin un lugar fijo en dónde vivir. Pero feliz, estoy en Xalapa, en sus exposiciones y eventos. Me enteré que el imbécil de Mauricio Beuchot daba una conferencia, fui a escucharlo regurgitar ante sus devotos. N días. No sé ni qué hago aquí, sin casa, sin trabajo, sin comida. Si no hubiese renunciado seguiría en Córdoba, con comida caliente, mis amigos. Recuerdo lo que me dijo José Luis Cabada: si te quedas en Córdoba te vas a morir, poco a poco, de mediocridad. Porque la mediocridad intelectual de se pega, cala en los huesos y atrapa hasta al más joven y vital. Que escape  el que pueda, pero que recuerde esa frase de Pitol en sus cuentos tempranos, los del mítico San Rafael: todo cordobés se ve impelido a regresar a su tierra. Huir es condenarnos a una tragedia, pero es mejor intentarlo y caer con dignidad que morir en el ostracismo. Performance me publica un artículo sobre Beuchot (hay que ser implacables contra los agentes del error), Círculo de Poesía de propone hacer presentación y selección para una antología de verso satírico del maestro Novo. Al menos ya hay para comer. Lo decido: no sé de qué voy a vivir ni cómo, pero aquí me quedo. Porque un hombre saludable puede vivir dos días sin comer, pero nunca sin poesía. No sé de qué voy a vivir ni cómo, pero aquí me quedo. Porque es preferible experimentar la miseria y llevar una vida de asceta que vivir en la opulencia mientras la estupidez nos devora las entrañas. No sé de qué voy a vivir ni cómo, pero aquí me quedo. Porque vine a Xalapa como quien llega a Comala, vine a Xalapa porque me dijeron que aquí se está quedando a vivir Sergio Pitol. Decido que si es necesario voy a vivir en un tonel, convertirme en un homeless con tablet o en algo peor: policía; que hay que llevar mi impertinencia hasta sus últimas consecuencias y aferrarme hasta con las uñas a esta ciudad, a vivir una bildungsromance. Cuando me veía como policía, pirata o mendigo, como paria veintitantoseañero que trabaja en un cyber o filósofo que atiende un Súper Fasti me llegó su correo. Asumo que es un error. Pero no, soy el remitente y me llama por mi apellido. Tengo una entrevista en un par de horas.

No esperaba lo que Luis dijo: le doy esta oportunidad porque viene de una familia humilde, porque me hubiera gustado que a su edad hubiese tenido una así; le estoy dando esta oportunidad porque los hombres de letras se mueren de hambre y sólo alcanzan su fama póstuma, se la doy para que no sea miserable; le estoy dando esta oportunidad, pero el que no puede se va. Los días desorientados, la noche que dormí en el parque Juárez cubriéndome bajo una lona de la lluvia porque nadie me podía recibir (porque, en 14 de febrero todo mundo está muy ocupado), el hambre, la falta de tabaco y café de calidad decorosa valieron la pena. Cuando uno llega pidiendo la oportunidad en un puesto pequeño, a la altura de su experiencia, y le ofrecen otro, gerencial, con excelentes prestaciones, a manera de prueba de carácter no puede considerar la situación de otra forma: es una oportunidad de oro, pero también. Una y una sola en la que te juegas la posibilidad de lograr lo que quieras. ¿Recuerdas, lector, a Eminem, en el soundtrack de 8 mile? You only got one shot.

Y así es como terminé hoy aquí, ante quien quiera que esté leyendo esto, como aquel desdichado que cantal al Rey de Alcínoo sus penas; pero a diferencia del laertiada para mí no hay regreso, sino deseo de mantener nave presta, a escuchar el canto de las sirenas sin miedo una vez más. Mi Ítaca es viaje, no destino, it’s a moveable fest. Así es como termino hoy, con la espada de Damocles sobre mí, sabiendo que no importa lo que pase, de aquí no me muevo.

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