Dos morenas bien buenas y una máquina perversa

2 morenas bien buenas, flyer promocional

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El 18 de febrero a las ocho de la noche, en el centro cultural Baalam (J.J. Herrera #17), se realizó la presentación de la exposición “Dos morenas bien buenas”, del colectivo Pulque para 2. El lugar cuenta con un jardín pequeño pero inmaculadamente podado. A un costado, el derecho, en donde se encuentran las 2 ó 3 salas de exposiciones, nos encontramos con dos estatuas hechas a partir de alambre, una de ellas nos contempla con ironía desde su monociclo: como el pensador de Rodin que ve las almas caer, pero a diferencia del referido su rictus es más de burla que de meditación. El evento no inició sino 20 minutos después de la hora anunciada, cuando el pequeño espacio se llenó de gente ansiosa, no sabemos si por contemplar las piezas, algo casi imposible por el volumen del cardumen que formamos los ahí concentrados así como por lo pequeño de las salas, o beber el pulque de cortesía. Uno podría creer que la escena artística xalapeña es pequeña y elitista cuando nota que todo mundo conoce a todo mundo, cuando ve en todas las exposiciones los mismos rostros, las mismas gafas, la misma melena indomable, la misma pose.

La sala principal, que en fechas no tan solemnes funciona como cafetería, ambientada a media luz. El retraso se debió, según alcanza a oír uno que está de metiche en la plática de los demás, a que no había llegado suficiente gente ni todos los del colectivo. Para cuando el murmullo se apoderó de la masa silente, se decidió que era hora de empezar la función. La primera pieza de la exposición fue una vagina al tamaño de la puerta de entrada a la sala de exposición. Hecha, al parecer, con papel maché, es una de las dos o tres piezas que sentaron el tono de la exposición. Al interior, en la primera sala nos encontramos con una figura ocurrente: una vaca, uno deduce que feliz por su expresión, tumbada sobre el césped presumiendo una verga gigantesca, venuda, viril. Para donde uno volteara sólo veía cinco cosas: los que analizaban la obra con gesto de profundidad y afección, gente tomándose la reglamentaria foto para Facebook (¿qué importancia tiene ir a una expo si no podemos tomar la foto de rigor que grita al mundo que estuvimos allí, que tenemos sensibilidad artística y buen gusto?), en grupo o individual, vergas, coños y tetas. Vergas, coños y tetas everywhere. Multicolores, hiperrealistas, en abstracto; en fotos con macro, sin macro; pero al final sólo vergas, coños y tetas.

Uno puede jugar a adivinar la propuesta, el discurso, la afección que buscaban lograr los Pulque para dos. Desde la ambientación se buscó preparar a la audiencia. La puerta-vagina, funcionando como otros umbrales célebres, nos lanza una advertencia: quien entre aquí que se olvide de todo pudor. Se entiende que pretendieron ser contestatarios, rebeldes, cínicos, ir a contrapelo de la moral burguesa y conservadora que oprime nuestra libertad sexual. Pero, si bien la sociedad xalapeña está llena de hipocresía y una devoción religiosa por aquellos tiempos de buenas costumbres (quizá extrañando cuando Santa Anna paseaba por Xalapeños Ilustres y las buenas familias lanzaban lirios y rosas y loas), y como muestra basta ver cómo se anuncian los aspirante a gobernar la ciudad, esto ya no es 1920, ni tenemos a un comité de las buenas costumbre actuando como inquisición, cazando a sodomitas y vagos por la calle. No existe ya, aunque las buenasfamilias de la ciudad, el estado y el país se resistan a creerlo, esa moral sexual monolítica. Vivimos en tiempos de éticas distensas, de morales complacientes; vivimos en tiempos indoloros en los que el dominio se ejerce por medios cada vez más sutiles. Vivimos una sociedad sobre lo que fue su liberación construye una nueva cárcel. Pulque para dos y sus dos morenas bien buenas han fallado en este sentido: se han lanzado contra un enemigo imaginario, contra un monigote inmóvil, contra el monstruo bajo la cama. La propuesta es clara, pero inactual. A pesar de un nivel técnico encomiable (hay que reconocerlo: en el colectivo hay miembros con una destreza increíble en el manejo del encuadre, la ilustración y el color), la propuesta es endeble. Han fallado, también, al elegir el objeto alrededor del cual gira su propuesta: han privilegiado el sexo por sobre la sexualidad; cuando pudieron ser revolucionarios han elegido el camino del conservador; cuando se trataba de dar una batalla real (una que exige consistencia teórica y una creatividad intensa) tocaron la retirada. Bien lo dijo Nietzsche, el multicitado y poco leído Nietzsche: quien pelea con monstruos cuide de no convertirse en uno. En 2 morenas bien buenas la heteronormatividad se erige como eje rector de la selección de las piezas. Hay un culto a la vitalidad del falo y la pasividad de la vagina.

Cuando la publicidad nos bombardea todo el día con cuerpos sexys que nos invitan a adoptar un modo de vida healthy a la vez que desayunamos en McDonalds, haciéndonos entrar en esa tragedia que nos mantiene a la expectativa de cuál es el mejor medicamento para estar en el peso ideal y mejorar nuestro desempeño sexual, y Spencer Tunick ha retratado a centenares de miles de personas desnudas en los monumentos más importantes del mundo uno entiende que algo anda mal. Dígamoslo de esta forma: la fotografía de desnudos, en particular, y el erotismo, en general, están en crisis. El cuerpo desnudo ha perdido la fuerza que tuvo alguna vez. ¿Algún día la foto de desnudo abandonará la medida humana?

“Autoretrato” sobresale entre toda la exposición. Se trata de una pieza que rompe con la lógica del objeto-pasivo y hace participar al espectador de una manera perversa. Se trata de un espejo a cuyos lados se encuentran dos definiciones, tomadas del diccionario pequeño Larousse ilustrado. Éstas son las de los conceptos masculino y femenino. A su vez, de cada lado, una serie de fotografías que ilustran a cada concepto: muñeca, vulva, rosario femeninos; pene, barba y un robot de juguete masculinos. Más que una pieza es un dispositivo, una máquina perversa. La máquina está ahí y te captura al pasar, te encierra dentro del pequeño marco de madera y en un tour de force nos impone la obligación de asumir un papel, de definirnos. La máquina perversa ejemplifica la operación de los discursos y prácticas que esencializan la sexualidad. Una denuncia a la religión que no acepta a otra mujer que no sea santa, puta o madre y a la virilidad idealizada que encuentra su realización a través de la violencia y el dominio. Mucho más allá del exhibicionismo, esta pieza nos demuestra una complejidad conceptual que la hace salvarse de la replicación inconsciente de una moral sexual a la que se pretende retar, en vez de eso la confrontar, por la conjunción expresión y crítica, denuncia sus procesos de sexuación, evidencia su violencia y perversión.

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