Lo que me queda de vida

En este retrato de la miseria particular se refleja, también, cierto splín generacional, el de muchos que vimos el ocaso del siglo XX y sentimos al milenio convulsionar: los que, equipados con un Walkman Coby, fueron de escuela en escuela refugiándose en húmedos y oscuros recodos, esquivando miradas, hablando solos, soñando con la grandeza y los frutos de la genialidad y que, sin tener muchas idea  de cómo sucedió, terminaron en los rincones más sórdidos de la ciudad vistiendo saco y corbata, sujetos a pautas de productividad, viviendo con el mínimo funcional de orgullo y vitalidad, aceptando dócilmente que eso es vida y lo real cabe en una pantalla de teléfono u ordenador; viviendo en cuartos pequeños, rodeados de libros, películas o videojuegos, atemorizados de lo que hay allá afuera porque todo les es ajeno. Bienvenidos a una vida inserta en una generación de lisiados, abortos del milagro nacional, demasiado cansados para luchar y demasiado ignorantes como para importarles la revolución o el cambio social; despreciada por los viejos porque son el recuerdo de lo que no fue: un aborto lanzando al abismo, esperando a tocar fondo. Somos esa generación a la que sólo le queda aprender a caer. Nos queda el consuelo de esperar que en el encuentro entre el cráneo y piso nos asalte una iluminación súbita.

Bienvenidos a lo que me queda de vida.

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