¡Oh inteligencia, soledad en llamas!: Signum, brújula y herida

Photograph of Mexican writer Jorge Cuesta

Photograph of Mexican writer Jorge Cuesta (Photo credit: Wikipedia)

¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo!
José Gorostiza

Me refundieron en una de las peores secundarias de Córdoba. Los baños sucios, los salones vacíos. Los alumnos en la cancha de futbol y a los prefectos y profesores, desde luego, les importaba poco. Antes de dar a esa madriguera había sido expulsado de la Enrique Herrera Moreno. Las malas calificaciones fueron una de tantas razones para mi exilio. Las otras, las que de verdad causaron mi expulsión eran la desobediencia a la voz de la autoridad, mi negativa a hincarme a rezar y pedir perdón por mis pecados -sí, en una escuela pública-, en fin, la ingobernabilidad. Pero no me hagan caso: todo ejercicio biográfico es un ejercicio de mala fe, es la construcción de una trampa, la justificación de nuestras manías más actuales.

Pero algo sí sé, desde que entré en la pubertad ya era un indeseable. Después de dos años y medio en esa cárcel me enfrenté, por primera vez, con una institución y me la cantaron clara: te va a cargar la verga. Y cumplieron. Les tomó tiempo pero cumplieron. Recuerdo a mi madre sentada frente al escritorio del subdirector. Recuerdo que llegó convencida de que todo se iba a solucionar, que después de 30 ó más veces que había terminado sentada allí después de una junta con padres de familia, después de escuchar toda clase de quejas -que si hacía las cosas, que si no las hacía, que así no son, que así no fueron- y recetas -que el pentatlón, que la iglesia me ayudaría a encontrar a Cristo en mi corazón, que el psiquiatra me devolvería la razón-, saldría decepcionada del engendro que salió de sus entrañas pero que a la mañana siguiente, de nuevo, me vería salir a forjarme, según ella, un futuro. Futuro en el que por cierto no tenía muchas esperanzas, y el tiempo le ha dado la razón. La recuerdo llorando, la recuerdo rogando: no iban a aceptarme en otra secundaria con esas calificaciones, al menos no en una pública; con las escuelas particulares no habría ningún problema: siempre están a dispuestos a recibir el dinero de los padres acongojados, despreocupados y de los ingenuos que se sacrifican por garantizar un futuro mejor y creen que nada mejor que encomendar sus vástagos a mercenarios de la educación. 

Siendo estudiantes, por regla y en todos los grados, pensamos a nuestros pedagogos como más idiotas de lo que realmente son. Es el fulgor de la juventud. Y esa juventud nos hace propensos, también, al enamoramiento, a la admiración de quienes vemos como la excepción a este dogma. Eso podría explicar, por ejemplo, la relación alumno-maestro en la antigua Grecia. Pero no, apenas y alcanza para entender a las alumnas desvirgadas por el profe de etimologías en el asiento trasero de un Tsuru 84. Salí de esa oficina desengañado. A la baraja sobre la mesa le faltaban los ases que desde antes de jugar la primera mano ya estaban del lado ganador: cada número en mi boleta estaba a lápiz y, decían en durante la negociación, los seises girarían 180 grados y cada cinco se multiplicaría por dos: oportunidad de oro, condicionada a que me largara de allí, por el bien de los estudiantes brillantes que, como sabemos, a esa edad son fáciles de seducir por el desmadre, la irresponsabilidad pero, sobre todo, por la excentricidad.

 En Córdoba, siendo menor de edad y gozando del privilegio de la educación las cosas son claras: si estudias en la ESBAO o la General Uno tienes oportunidad de ingresar al bachillerato y hasta posibilidades de entrar en alguna licenciatura de alta demanda en la UV (algo así como contaduría, derecho o administración de empresas); si estudias en las General Dos, Tres o Cuatro visitas los salones para no quitarle el tiempo a tus padres, para entretenerte y socializar con tus compañeros, vas porque tienes que ir, aunque sabes y lo saben todos, incluso tus padres y maestros, no llegarás a ningún lado. Así terminé en ese agujero, en esa institución para segundones y apestados que es la Escuela Secundaria General Número Dos, la Jorge Cuesta Porte-Petit.

De mi paso por allí apenas y recuerdo un par de rostros que cada vez se me presentan más lejanos y difusos, 3 ó 4 hechos relevantes que se difuminan en el brillo de la única memoria que vale la pena: recuerdo que se llamaba Jorge y nadie lo conoció. Ni una foto, un dibujo, una placa o un busto. Al día de hoy nadie en ese lugar sabe del hombre del que toma prestado el nombre; estoy seguro que a nadie le importa. Lo sé porque pregunté a todos, a los profesores, alumnos y al director. Le pregunté incluso al barrendero y a la cocinera. Y agradezco la ignorancia. Agradezco que no se me hubiera dicho que es un tal por cual que nació allí o allá y vivió por acá. Sin la duda el sonido de su nombre no habría adquirido para mí esa potencia similar a la que el pequeño Marcel encuentra en la palabra Guermantes.

Desde el horizonte de mi historia personal su nombre se erige astro luminiscente, como signum, brújula, y herida que aparece intermitentemente para lanzarme en búsqueda de abismos  mayores; su voz demoniaca me invita al convite de la crítica y la imaginación.

Se llamaba Jorge.

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