No busquemos en la vida nuestra realización o nuestra experiencia

Oscar Wilde at Oxford

Oscar Wilde at Oxford (Photo credit: Wikipedia)

¡La vida! ¡La vida! No busquemos en la vida nuestra realización o nuestra experiencia. Es una cosa limitada por las circunstancias, incoherente en sus manifestaciones, y sin esa adecuada correspondencia entre forma y espíritu que es lo único que puede satisfacer el temperamento crítico y artístico. Nos hace pagar un precio demasiado alto por sus mercancías, y compramos el más miserables de sus secretos a un coste monstruoso e infinito.

El crítico como artistaOscar Wilde

Escribir es difícil, como todo trabajo intelectual y estético. No me refiero solamente a los años de adiestramiento para conseguir el instinto, la capacidad de contemplación y, finalmente, la competencia crítica, elementos clave para el performance creativo; cuando hablo de las dificultades para escribir, o hacer cualquier tipo de arte, pienso en cosas más burdas pero, también, más difíciles de sortear. Las artes son actividades esencialmente antisociales. Prepararse para crear implica alejarse de las reglas de la vulgaridad y del sentido común, retar las concepciones consideradas válidas por la media; adoptar una posición antihumanista. Crear es negarse a entrar al sistema mercantilista que ha preparado un safe way para nosotros: naces, creces, te reproduces, trabajas hasta morir; ante esta lógica que se impone como clara y distinta, el creador contrapone el ocio y la contemplación, contra la ética protestante se enfrenta la ética del artista que nos lanza a la búsqueda de experiencia vitales, que nos ubica en el terreno de lo marginal.

En nuestra sociedad no hay pecado mayor que el cultivo del ocio. Recuerde usted, por ejemplo, el momento en el que confrontando sus padres le dijo que no quería estudiar derecho, medicina o contabilidad. Ay, Dios, el escándalo, infamia y deshonra. Guarde para la posteridad las reacciones de extraños y conocidos cuando por un descuido, al dejar aunque sea un poco abierta la ventanita del orgullo se le suelta la lengua y empieza a hablar de sus proyectos y preguntan si eso deja dinero y da de comer, porque para algunos, sépalo, la utilidad es la regla para medir todo, cualquier cosa. Recuerda aquellos días de educación pública y obligatoria. Piensa en esos salones viejos a donde los padres mandan a los infantes para que no estén jodiendo todo el día en la casa con sus caprichos y necesidades. Salones oscuros, por cierto, muchos de ellos ubicados en antiguos cantones de la ciudad. Vaya ironía: aquellas casas que alguna vez habitaron las Buenas Familias ahora okupadas por un sistema educativo mediocre para instruir a la prole, tormento de la grey de ancianos que todavía sueñan con instaurar las costumbres de la Península; venganza de su semilla que ve allí formarse a su servidumbre. Recuerda en los pasillos, aún entre los más pequeños, esa separación inmediata que se hacía entre triunfadores y apestados: aquellos que triunfarán en la vida corriendo, sudando mientras juegan al futbol, admirados por sus pares, o, si ya mayorcitos, rodeados de chicas que les beben los alientos. Mientras, en los pasillos o los jardines están los otros, los condenados, comiendo tranquilos o reunidos en un grupito, compadeciéndose unos a otros: por mamones nadie quiere a los pinches mataditos. La experiencia escolar se repite perpétuamente en una civilización infantilizada en donde fábrica y empresa son extensiones de esta lógica parvularia con mínimas adiciones, como el drive sexual y formas más sofisticadas de ejercer el poder de la popularidad. Aún hoy, 20 ó 30 años después, es irremediable, sentarse a escribir, a contemplar, pues parece un llamado desesperado a la gente para salvarte, para rescatarte de tu soledad y aburrimiento o para señalar al hombre con pluma de parásito e inepto. Siempre habrá algo que contar, alguien con una pregunta interesantísima, alguien dispuesto a abrir sus sentimientos. Para los hombres que asumen orgullosamente y sin chistar su papel en esta vida no hay nada peor que la soledad y la tristeza, el abandono; para ellos es incomprensible que alguien se haga el propósito de alejarse del mundo para otra cosa que no sea trabajar. ¿Qué se cree? ¿apoco se siente el muy especial? ¿Adónde vas puto? aquí todos somos iguales. Es difícil comprender a alguien que da la espalda a la vida y es capaz, incluso, a renunciar a los placeres. Pocos entienden que una hora fuera de una pantalla en blanco dispuesta a albergar miles de caracteres, cada hora lejos dell lápiz baila su danza melancólica, cada hora lejos del taller o estudio es una hora perdida. ¿Qué nos ofrece la vida? Un pito. Éso, un pito. Sólo en el arte hay la salvación. ¿De qué? De la cotidianidad. Contra estas personas habría que contenernos, detrás de ellos hay un flujo histórico, un susurro que desde los siglos de los siglos predicas el desprecio por la lucidez.

Pero hay que ser implacables son los agentes del error. Aquellos que conformes en su mediocridad exigen para ella un lugar en las esferas de la crítica y el arte. Reclaman para sí un arte humanista, piadoso, complaciente, adulador; reclaman para sí un pensamiento y un sentimiento vulgares, populares. Vaya usted a la casa de algún funcionario. No, mejor visite usted a ese ser que mejor personifica el orgullo por la mediocridad intelectual: visite a un crítico cultural, de aquellos que publican en revistas de alta circulación y aparecen en la televisión, aquellos que disfrazan su crónica social de análisis sesudo y su resentimiento de implacable intelectualidad. En su casa u oficina encontrará, por lo menos un cuadro o dos, generalmente de arte contemporáneo, y alguna escultura que, por qué no, podría desempeñar un función útil, como ser un alegre pisapapeles o un perchero para sacos y sombreros. El sujeto en cuestión no tardará en invitarlo a ver: ésto es lo traje de París, aquello de mi viaje Irlanda, aquí una obra de mi amigo Gabriel Orozco que traje de New York. Hay que dar un reconocimiento a aquellos que se esfuerzan demasiado por demostrar su buen gusto mientras escuchan bossa nova. Al final, casi siempre, te encontrarás con lo mismo: no entiende más allá de su pequeña colección y aquellas piezas que no la conforman, que rebasan su entendiendo, las desprecia: pues no sé qué le ven de arte a esa cosa, está toda horrible. Puede ser que estos agentes del error tiendan, también, a presumir su gigantesca biblioteca, pues no entienden la diferencia entre calidad y cantidad y a sus ojos veinte libros de Anthony de Mello valen más que una parte de la Comedia Humana de Balzac. Presumirán saber de nombres, fechas y obras, pero sienten aversión a todo pensamiento que escape a su limitado sentido común (ay, Descartes, si supieras lo que provocaste con esa bromita de que el sentido común es la cosa mejor distribuida entre los hombres) y a toda literatura cuya genialidad no cuadre dentro de las coordenadas de su domeñado gusto. “Ésto es la vida real, chico, yo me formé en las calles trabajando, no en un salón de universidad”. Si no vende no sirve.

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