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Progymnasmata

and open your eyes

Keep calm…

Abre los ojos con esfuerzo, una pesadez le oprime el cuerpo contra el frío piso. Apenas y siente sus piernas, las rodillas no responden, en algún momento de la noche han pasado de ser articulaciones a piedras que lo mantienen en el fondo de un mar de inercia. Los intentos, infértiles todos, por moverse le abren paso a la desesperación. Sus ojos apenas y reaccionan; frente a él una única ventana. Qué puta hora es. Podrían ser las dos de la tarde o las nueve de la mañana, incluso las 8 de la noche y en la habitación no se notaría diferencia alguna: ningún haz de luz puede cruzar esas gruesas cortinas de tela barata. Dónde putas estoy. Puede sentir humedad en su cara y la boca seca: babeó toda la noche. Putamadre. Putísimamadre. Conoces la sensación, todo encaja: el peso de las manos y piernas, la opresión en el pecho y espalda, la ansiedad por moverse, por convencerse de que aún no te carga la chingada; el cosquilleó de unas manos que recorren desde los dedos de los pies hasta las nalgas, hasta la espalda: el frío aliento en la nunca: la piel eriza. Intenta gritar o moverse, algo, lo que sea; no puedes. Tu corazón se abalanza contra la caja torácica intentando huir: un grito ahogado.

¿Se te subió el muerto, mi rey?

Un foto dentro de una foto. Ceci n'est pas un photo

Una prisión sublime dentro de otra menos amable.

— Nada hay allá afuera, chico.

Esta corbata me asfixia. Traje y calzado me aprisionan. Llega un punto en el que la voluntad de vivir empieza a ceder, cuando tu vitalidad está en el mínimo funcional y aceptas, entonces, incluso sin resignación: la vida es aquello que está en la pantalla de tu ordenador o de tu celular y fuera de los rectángulos luminosos no hay nada para mí. No mames, allá afuera está lloviendo. Lo sé por un tuit. O por una actualización de Facebook. No sé, cualquiera de las dos; no sé y no me interesa. Soy incapaz de voltear y mirar através del ventanal: mi generación es una de ratas entrenadas para clavar los ojos en el primer monitor que se le atraviese, refugiarse en cuartos pequeños, atiborrados de figurines, partes de computadora, libros o cualquier tipo de basura inútil. Vivimos atemorizados de lo que hay allá afuera porque lo Otro ha extendido sus dominios: sin certidumbre ontológica todo es ajeno y potencialmente peligroso. Entonces nos refugiamos en una ficción que no lo es menos que la broma a la que llamamos realidad. Ésta es una cárcel dentro de otra cárcel.

— Nada tu chingada madre.

Maiakovski, el hombre que no sobrevivió al desencanto mas lo convirtió en poema.

La vida cotidiana es el reino del desencanto.

Es terrible, y a la vez fascinante, la forma en la que llega el desencanto. No es progresivo, no es gradual. Aparece así, seco, de golpe. Un día, inmerso en tus problemas, tus misterios, perdido en tus propios secretos y lo ves. Allí, afuera, al otro lado de la venta, en un pasaje, una frase honesta, un rayo de luz. La inversión de todas las pasiones. No. Peor, su anulación.
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Solo en su cubículo. Compone las mentiras blancas del día. El clic-clac del teclado suena con ritmo maquínico. Timing perfecto en el que el ejecutante se disuelve. Deja de ser persona y es dedos y teclado y clic-clac. Es la música minimalista del hastío. Giro inesperado: fundido a negro. En la escena se ve un páramo terracota con algunos matorrales. El tiempo es irregular, avanza y se repliega sobre sí mismo; noche y día son un sinsentido cuando se altera la regularidad del tiempo. Crack. El reloj deja de girar, sobre el páramo se posan mil soles, asfixiantes. La tierra es una braza que contrasta con el azul pálido del cielo. De la piedra brota una gota, como de su coronilla, y la recorre por un costado. Cae. Y me lleno de desasosiego. Y quiero llorar pero no puedo. Descubro que soy una piedra en el desierto. Un ser inerte en el umbral de la eternidad, incapaz de cruzarlo o echarse atrás. Ni en mis sueños tengo control de lo que hago. Una fuerza ajena habla por mi y actúa por mí. Condenado a ser espectador de mi recorrido hacia la deriva, de camino de desesperación. Y ahora que lo pienso…

– Se han acabo sus 45 minutos. Creo que hemos progresado mucho.

Nosotros trabajamos para que nos ocupe como papel sanitario 🙂

Noto algo kafkiano acá: Si me apuro para salir temprano e invierto todo el esfuerzo desde el principio de la jornada, saldré tarde. Algún error ocurrirá que hará que las planas ya hechas se repitan, se cambien y muten tanto que ni su madres las reconocería. Si, en cambio, llego a leer blogs, escuchar música y/o ver alguna película, también saldré tarde. El ignorar la nota de algún vulgar político o el hecho más banal de la tarde para poner atención a las cosas importantes de la vida (como los regímenes de encierro en el XVII-XVIII o las andanzas de Serna en los bares de arrabal) tienen su precio en tiempo.

El asunto es que aquí te chingas o te jodes, el tiempo devora y va con madres. El que intenta robarle, aunque sea a arañazos, un par de minutos se condena; el que es indulgente con su trabajo y se permite ciertos lujos lo paga, también, con tiempo. Así, al final de una jornada laboral la carne (y nuestra neurosis, of course) se unen a ese grito final de Joseph K: «¡Como a un perro!»

Clave para el ahorro y el mejor desempeño de la empresa

Hacer nuestro trabajo sincronizados por el bien de la empresa.

Un nuevo sistema para aumentar la eficiencia y productividad se ha instalado en esta empresa. Nuestros compañeros de administración, tan preocupados por nosotros y la empresa, se tomaron la delicadeza de cerrar los baños, así no perdemos el tiempo con cosas tan banales como miccionar o defecar, aumentando nuestra productividad en 30%-40%. Con el uso de un pañal de reciclaje también ayudamos a otra empresa del Patrón que se dedica a la transformación de desechos biológicos en tabiques y material para la construcción. El Patrón es todo un emprendedor, tiene muchas empresas en muchos rubros con muchos trabajadores. Cuando sea grande yo quiero ser como él.

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