Charles Baudelaire

Charles Baudelaire, es considerado el iniciador de la poesía contemporánea, propone una ruptura con la tradición occidental.

“Alcanzar la máxima expresión de la forma es llegar a ser un superhombre -en sentido semejante al nietzscheano- el hombre que logra ir más allá del hombre, lo cual significa que no se arredra ante nada, que está exento de sentimentalismo; es el hombre-materia que explora la lengua-carne, que indaga sobre el carácter de objeto de la lengua en la literatura. Este soberano, así llamado por Sade y Bataille, se aleja de consideraciones morales, religiosas y se vuelca en la práctica de su deseo, en las experiencias límite del erotismo, la sensualidad, el dolor, la muerte, la fealdad, y, con ello, en la exploración de materiales -la lengua, en el caso de la literatura- que le permitan expresar esa parte esencial a la que se refiera Bataille, relacionada con el ejercicio de la libertad.”

Inserción del mal en la literatura mexicana

Angélica Tornero

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 War has changed. It’s no longer about nations, ideologies, or ethnicity. It’s an endless series of proxy battles fought by mercenaries and machines. War – and its consumption of life – has become a well-oiled machine.

War has changed. ID-tagged soldiers carry ID-tagged weapons, use ID-tagged gear. Nanomachines inside their bodies enhance and regulate their abilities. Genetic control. Information control. Emotion control. Battlefield control. Everything is monitored and kept under control.

War has changed. The age of deterrence has become the age of control… All in the name of averting catastrophe from weapons of mass destruction. And he who controls the battlefield… Controls history.

War has changed. When the battlefield is under total control… war becomes routine.

En este retrato de la miseria particular se refleja, también, cierto splín generacional, el de muchos que vimos el ocaso del siglo XX y sentimos al milenio convulsionar: los que, equipados con un Walkman Coby, fueron de escuela en escuela refugiándose en húmedos y oscuros recodos, esquivando miradas, hablando solos, soñando con la grandeza y los frutos de la genialidad y que, sin tener muchas idea  de cómo sucedió, terminaron en los rincones más sórdidos de la ciudad vistiendo saco y corbata, sujetos a pautas de productividad, viviendo con el mínimo funcional de orgullo y vitalidad, aceptando dócilmente que eso es vida y lo real cabe en una pantalla de teléfono u ordenador; viviendo en cuartos pequeños, rodeados de libros, películas o videojuegos, atemorizados de lo que hay allá afuera porque todo les es ajeno. Bienvenidos a una vida inserta en una generación de lisiados, abortos del milagro nacional, demasiado cansados para luchar y demasiado ignorantes como para importarles la revolución o el cambio social; despreciada por los viejos porque son el recuerdo de lo que no fue: un aborto lanzando al abismo, esperando a tocar fondo. Somos esa generación a la que sólo le queda aprender a caer. Nos queda el consuelo de esperar que en el encuentro entre el cráneo y piso nos asalte una iluminación súbita.

Bienvenidos a lo que me queda de vida.

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Sin el diablo no hay poesía.

Todo naturalismo es, estrictamente, un conformismo. Y en ningún conformismo puede verse nunca una revolución. Lo revolucionario es lo que va contra la tradición, contra la costumbre; es el pecado, la obra del demonio; si en la iglesia católica se señala al enemigo tradicional de la revolución, es porque la Iglesia es, por excelencia, un organismo natural, una fortificación contra el demonio, una organización de la conformidad. El enemigo de la Iglesia, en cambio, hay que verlo en Fausto, que, viviendo en contra la naturaleza, entregando su alma al diablo, representa el espíritu revolucionario, que es el espíritu del artista.
Dice André Gide que “no hay obra de arte sin la colaboración del demonio”. Y lo recíproco es igualmente cierto: no hay colaboración del demonio sin obra de arte. El demonio es la tentación, y el arte es la acción del hechizo. No hay fascinación virtuosa; la Iglesia es sólo muy razonable al prevenirlo: sólo el diablo está detrás de la fascinación, que es la belleza. Por esta causa, es imposible que haya un arte moral, un arte de acuerdo con la costumbre. Apenas el arte aspira a no incurrir en el pecado, sólo consigue, como Nietzsche demostró con evidencia, falsificar el arte; pues es imposible que el arte se conforme con lo natural. Y lo extraordinario es lo único que fascina.
He aquí por qué son inseparables el diablo y la obra de arte, la revolución y la poesía. No hay poesía sino revolucionario, es decir, no la hay sin “la colaboración del demonio”. Se atribuye a un distinguido revolucionario mexicano una expresión admirable: “No se hace una revolución con ángeles”. No, en efecto, ninguna revolución es angelical, como no lo es tampoco ninguna poesía. Una poesía que no fascina, es una poesía sin belleza, y no hay belleza sin perversidad. Los griegos sabían bien que la belleza no es pura. Los pintores del Renacimiento sabían bien que no era posible una belleza religiosa, sin depravar a la religión: sin hacerla fascinante. Y los poetas comunistas tendrán que aprender que no harán poesía comunista hasta que se hagan revolucionarios: hasta que no depraven al comunismo, haciéndolo sensible al pecado.

Un foto dentro de una foto. Ceci n'est pas un photo

Una prisión sublime dentro de otra menos amable.

— Nada hay allá afuera, chico.

Esta corbata me asfixia. Traje y calzado me aprisionan. Llega un punto en el que la voluntad de vivir empieza a ceder, cuando tu vitalidad está en el mínimo funcional y aceptas, entonces, incluso sin resignación: la vida es aquello que está en la pantalla de tu ordenador o de tu celular y fuera de los rectángulos luminosos no hay nada para mí. No mames, allá afuera está lloviendo. Lo sé por un tuit. O por una actualización de Facebook. No sé, cualquiera de las dos; no sé y no me interesa. Soy incapaz de voltear y mirar através del ventanal: mi generación es una de ratas entrenadas para clavar los ojos en el primer monitor que se le atraviese, refugiarse en cuartos pequeños, atiborrados de figurines, partes de computadora, libros o cualquier tipo de basura inútil. Vivimos atemorizados de lo que hay allá afuera porque lo Otro ha extendido sus dominios: sin certidumbre ontológica todo es ajeno y potencialmente peligroso. Entonces nos refugiamos en una ficción que no lo es menos que la broma a la que llamamos realidad. Ésta es una cárcel dentro de otra cárcel.

— Nada tu chingada madre.