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Archivo de la etiqueta: Confesión

Todos mis vicios.

Aquellos buenos días.

Extraño a mis amigos, todos están muertos (los que leo, suena tonto i know) o a cientos de kilómetros de aquí (o más). Y saber que no puedo tener ninguna de las cosas que quiero (talento, por ejemplo, y un puño de hierro de esos que no dudan a la hora de escribir). Es difícil lidiar con el desencanto. Soy un romántico irresoluble que busca cualquier forma de callar cada recuerdo de sus fracasos (profesionales y personales). A veces quisiera ser un poquito más normal, éso me facilitaría las cosas, creo. Soy una bomba de tiempo con patas y saco. No espero que comentes nada, lector. Tienes tus problemas y no pienso exigir digas algo. En tu cabeza existen tus propios líos. Necesitaba contarlo a alguien sin pedir nada a cambio, mucho menos compasión. ¿Qué mejor que el lector imaginario?

Mi único consuelo, ahora, es lo que dijo Juan José Arreola: Desconfío de toda literatura que nazca o que haya nacido de la felicidad. Es muy bonito cuando uno se compromete con su trabajo, pero es horrible, en cierta medida, comprometerse con las letras. Pero como me decía un amigo, ya bastante mayor, “ya no tengas miedo a venderte ni a nada, estar enamorado de las letras es vender el alma al diablo”. Es como ese pasaje en la Odisea en donde mandan a llamar a Aquiles para participar en la guerra de Troya y su madre Tetis le dice: si te quedas serás feliz, conocerás a una gran mujer y tendrás hijos y tus hijos tendrán hijos, ellos te amarán y tu nombre será olvidado a la tercera generación; si te vas morirás en la guerra pero tu nombre será inmortal. Pero yo no tengo el valor, quiero ambas cosas. Y así.

Mis conflictos suenan tan infantiles, por éso extraño a mis amigos que padecen el mismo mal y entienden, o hacen como que entienden (que ya es ganancia).

En otras palabras: sácame de aquí.

El estercolero
Aquí yacen mis textos. Y con ellos yo.

No future.

Algunos sucesos nos marcan de por vida. El primer polvo, evidentemente; el primer cigarro y el primer impacto. Sucesos que definen, sin darnos cuenta, el rumbo de nuestro andar por allí. Conforman nuestra experiencia al fijar un parámetro a partir del cual valorar nuestra experiencia. Fijan la regla de nuestras aspiraciones: no menos de ésto, nunca menos; quizá más, tampoco siempre. Se crea el locus amoenus, la zona de comfort existencial.

¿Y si la experiencia es extrema? No me refiero a esa costumbre tan nuestra de considerar extrema una desviación de la regla, como cuando se habla de ‘medidas extremas’ o ‘deportes extremos’. No en el sentido de más allá de lo que la regla singular me permite. Extremo no como el límite de algo sino más allá.

Más allá. ¿Qué si ese acontecimiento no es más allá de lo que, en dado momento, somos capaces de hacer sino más allá de lo que (creemos) será vivenciable alguna vez; más allá de lo decible; de lo que somos capaces de imaginar? ¿Qué pasa cuando la experiencia se encuentra en la zona fuera de los límites, en el abismo? Non plus ultra.

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