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Archivo de la etiqueta: Ficción

Un foto dentro de una foto. Ceci n'est pas un photo

Una prisión sublime dentro de otra menos amable.

— Nada hay allá afuera, chico.

Esta corbata me asfixia. Traje y calzado me aprisionan. Llega un punto en el que la voluntad de vivir empieza a ceder, cuando tu vitalidad está en el mínimo funcional y aceptas, entonces, incluso sin resignación: la vida es aquello que está en la pantalla de tu ordenador o de tu celular y fuera de los rectángulos luminosos no hay nada para mí. No mames, allá afuera está lloviendo. Lo sé por un tuit. O por una actualización de Facebook. No sé, cualquiera de las dos; no sé y no me interesa. Soy incapaz de voltear y mirar através del ventanal: mi generación es una de ratas entrenadas para clavar los ojos en el primer monitor que se le atraviese, refugiarse en cuartos pequeños, atiborrados de figurines, partes de computadora, libros o cualquier tipo de basura inútil. Vivimos atemorizados de lo que hay allá afuera porque lo Otro ha extendido sus dominios: sin certidumbre ontológica todo es ajeno y potencialmente peligroso. Entonces nos refugiamos en una ficción que no lo es menos que la broma a la que llamamos realidad. Ésta es una cárcel dentro de otra cárcel.

— Nada tu chingada madre.

La vida es redonda, las cosas son idénticas a sí mismas. Desde la creación del universo Dios, más allá de quien no hay sabiduría alguna, nombró al día y la noche, la tierra y el mar, a los animales y al hombre. Y todo tomó su justo lugar, su correcta dimensión. Arriba y abajo, izquierda y derecha, quedaron fijados para siempre, inmutables. Siempre han sido y siempre serán.
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Maiakovski, el hombre que no sobrevivió al desencanto mas lo convirtió en poema.

La vida cotidiana es el reino del desencanto.

Es terrible, y a la vez fascinante, la forma en la que llega el desencanto. No es progresivo, no es gradual. Aparece así, seco, de golpe. Un día, inmerso en tus problemas, tus misterios, perdido en tus propios secretos y lo ves. Allí, afuera, al otro lado de la venta, en un pasaje, una frase honesta, un rayo de luz. La inversión de todas las pasiones. No. Peor, su anulación.
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Solo en su cubículo. Compone las mentiras blancas del día. El clic-clac del teclado suena con ritmo maquínico. Timing perfecto en el que el ejecutante se disuelve. Deja de ser persona y es dedos y teclado y clic-clac. Es la música minimalista del hastío. Giro inesperado: fundido a negro. En la escena se ve un páramo terracota con algunos matorrales. El tiempo es irregular, avanza y se repliega sobre sí mismo; noche y día son un sinsentido cuando se altera la regularidad del tiempo. Crack. El reloj deja de girar, sobre el páramo se posan mil soles, asfixiantes. La tierra es una braza que contrasta con el azul pálido del cielo. De la piedra brota una gota, como de su coronilla, y la recorre por un costado. Cae. Y me lleno de desasosiego. Y quiero llorar pero no puedo. Descubro que soy una piedra en el desierto. Un ser inerte en el umbral de la eternidad, incapaz de cruzarlo o echarse atrás. Ni en mis sueños tengo control de lo que hago. Una fuerza ajena habla por mi y actúa por mí. Condenado a ser espectador de mi recorrido hacia la deriva, de camino de desesperación. Y ahora que lo pienso…

– Se han acabo sus 45 minutos. Creo que hemos progresado mucho.

Clave para el ahorro y el mejor desempeño de la empresa

Hacer nuestro trabajo sincronizados por el bien de la empresa.

Un nuevo sistema para aumentar la eficiencia y productividad se ha instalado en esta empresa. Nuestros compañeros de administración, tan preocupados por nosotros y la empresa, se tomaron la delicadeza de cerrar los baños, así no perdemos el tiempo con cosas tan banales como miccionar o defecar, aumentando nuestra productividad en 30%-40%. Con el uso de un pañal de reciclaje también ayudamos a otra empresa del Patrón que se dedica a la transformación de desechos biológicos en tabiques y material para la construcción. El Patrón es todo un emprendedor, tiene muchas empresas en muchos rubros con muchos trabajadores. Cuando sea grande yo quiero ser como él.

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Una ejecución limpia aunque nada inmediata. La decapitación como liberación última.

La decapitación, también, como la última prueba de amor entregada o exigida.

Sus ojos, ya vacíos, me seguían a todos lados. No importaba si era día o noche o madrugada; si estaba en pie o recostado. Y aunque estaban muertos esos ojos, es seguro, contenían más vida de la que yo podría llegar a tener. Al menos hasta ese día. Una nata blanca sobre las córneas. Rojo y morado en los párpados. El bastardo algo debía, o quizá no. Lo único seguro para mí, no para él, era su muerte. Read More

Fue a los 5 años cuando lo descubrí. Tengo una puta memoria fotográfica que me aliena en las noches. Corría por el pasillo de la casa (largo y angosto; verde olivo la escena, con ligeros toques de desgaste en el tapiz; sombras danzantes, proyectadas por los rayos que bañaban a los árboles de naranjo plantados afuera). Caí, rodé, me enterré la tijera. Sangré, conocí el aroma ferroso de la humanidad. Grité tanto ese día, lloré mucho. Terminé en el hospital: la tijera había entrado en mi muslo derecho. Cortó, penetró en el músculo; chorreó sangre, empecé a vivir y la vida no era bonita. Hasta ese día mi pasar por esta mierda fue idílico: ningún dolor conocido; placeres a mano. Ese maldito olor. Fétido, como la puta madre; pegajoso, como la chingada. Esa cosa salía del hoyito y no paraba. Conocí el dolor y la desesperanza de golpe, no había nada que pudiera hacer para que parara de salir u oler; conocí la esencia de la vida. El dolor de una herida no es nada comparado con saberse hombre y saberse carne. El asco. No fue sentir cada fibra del muslo abrirle paso a su majestad el hierro, ni la sangre a borbotones; fue salir de mi utero al fin. Y yo que me creí etéreo, transmundano. Contemplaba el mundo desde mi trono inocente y ajeno. Despertar a la vida es despertar al dolor; y el asco es la marca de la conciencia, de saberse muerto en potencia, saber que la gana y el ímpetu morirán.