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Archivo de la etiqueta: Nietzsche

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Sin el diablo no hay poesía.

Todo naturalismo es, estrictamente, un conformismo. Y en ningún conformismo puede verse nunca una revolución. Lo revolucionario es lo que va contra la tradición, contra la costumbre; es el pecado, la obra del demonio; si en la iglesia católica se señala al enemigo tradicional de la revolución, es porque la Iglesia es, por excelencia, un organismo natural, una fortificación contra el demonio, una organización de la conformidad. El enemigo de la Iglesia, en cambio, hay que verlo en Fausto, que, viviendo en contra la naturaleza, entregando su alma al diablo, representa el espíritu revolucionario, que es el espíritu del artista.
Dice André Gide que “no hay obra de arte sin la colaboración del demonio”. Y lo recíproco es igualmente cierto: no hay colaboración del demonio sin obra de arte. El demonio es la tentación, y el arte es la acción del hechizo. No hay fascinación virtuosa; la Iglesia es sólo muy razonable al prevenirlo: sólo el diablo está detrás de la fascinación, que es la belleza. Por esta causa, es imposible que haya un arte moral, un arte de acuerdo con la costumbre. Apenas el arte aspira a no incurrir en el pecado, sólo consigue, como Nietzsche demostró con evidencia, falsificar el arte; pues es imposible que el arte se conforme con lo natural. Y lo extraordinario es lo único que fascina.
He aquí por qué son inseparables el diablo y la obra de arte, la revolución y la poesía. No hay poesía sino revolucionario, es decir, no la hay sin “la colaboración del demonio”. Se atribuye a un distinguido revolucionario mexicano una expresión admirable: “No se hace una revolución con ángeles”. No, en efecto, ninguna revolución es angelical, como no lo es tampoco ninguna poesía. Una poesía que no fascina, es una poesía sin belleza, y no hay belleza sin perversidad. Los griegos sabían bien que la belleza no es pura. Los pintores del Renacimiento sabían bien que no era posible una belleza religiosa, sin depravar a la religión: sin hacerla fascinante. Y los poetas comunistas tendrán que aprender que no harán poesía comunista hasta que se hagan revolucionarios: hasta que no depraven al comunismo, haciéndolo sensible al pecado.

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Imágenes de la locura.

... avec mes amis.

Me apasiona el tema de la locura porque sé que ahí pertenezco. En tiempos menos tolerantes, y por mucho menos de lo que he hecho o dicho, me hubieran refundido ya en L’Hôpital Général o La Castañeda o la Pitié-Salpêtrière o Jena. Me apasiona porque en el sufrimiento y la alienación aparecen revelación y promesa de un conocimiento puro, más allá de lo lingüístico. Uno que arranca la vida y nos arroja a la angustia de lo inexpresable.

En este camino no hay lugar para la felicidad.
Renunciar a la felicidad; abrazar la jovialidad.

Ya lo dije, lo repito: cago, meo y vomito sobre quien diga que escribe por gusto y placer. Falta de compromiso total, en la escritura se te va la vida cuando se asume como trabajo serio. Una herencia maldita, indeed, en la que a lo menos que te arriesgas es a la locura y el agotamiento. No puedo confiar en ninguna literatura que venga de la felicidad, son mamadas; el que escribe debe de sufrir la violencia de la palabra, transformase; vivir la marca del verbo en la carne. En literatura como en la filosofía no hay lugar para la felicidad, sólo para la jovialidad.

El estercolero
Aquí yacen mis textos. Y con ellos yo.

No future.

Algunos sucesos nos marcan de por vida. El primer polvo, evidentemente; el primer cigarro y el primer impacto. Sucesos que definen, sin darnos cuenta, el rumbo de nuestro andar por allí. Conforman nuestra experiencia al fijar un parámetro a partir del cual valorar nuestra experiencia. Fijan la regla de nuestras aspiraciones: no menos de ésto, nunca menos; quizá más, tampoco siempre. Se crea el locus amoenus, la zona de comfort existencial.

¿Y si la experiencia es extrema? No me refiero a esa costumbre tan nuestra de considerar extrema una desviación de la regla, como cuando se habla de ‘medidas extremas’ o ‘deportes extremos’. No en el sentido de más allá de lo que la regla singular me permite. Extremo no como el límite de algo sino más allá.

Más allá. ¿Qué si ese acontecimiento no es más allá de lo que, en dado momento, somos capaces de hacer sino más allá de lo que (creemos) será vivenciable alguna vez; más allá de lo decible; de lo que somos capaces de imaginar? ¿Qué pasa cuando la experiencia se encuentra en la zona fuera de los límites, en el abismo? Non plus ultra.

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Photo by Hans Olde from the photographic serie...
Escritura como pharmakon.

Escribir para sobrevivir al insomnio, perder el rostro en cada golpe. Para librarse de la tentación y sucumbir ante ella. Escribir como soñar despierto, pretensión a ocupar un lugar en una constelación lejana.

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