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Eastern Mexico

Xalapa (Photo credit: Wikipedia)

Tomamos decisiones. Cada segundo cerramos una puerta a la izquierda o la derecha para escoger una ventana, o al revés. Algunos intérpretes de la física cuántica, que distan mucho de ser físicos o por lo menos científicos, creen que con cada decisión el Universo (ése gran Universo desconocido, inmenso, inconmensurable) se parte. Así, por ejemplo, si hemos decidido desayunar unos waffles, en un universo alterno mi yo, también alterno, quizá desayuna un bagel o un café o unos huevos estrellados con salsa y tortilla frita. En este momento, 14 de febrero del 2013, pienso en esas estupideces. Es imposible que el Universo esté sujeto al capricho del hombre, bajo su ridícula, insignificante y diminuta voluntad. Pero, dada la circunstancia, y por puro ocio, tengo ganas de pensar en esos universos paralelos, pero no a partir de elecciones tan triviales como el desayuno, o si es preferible una lagger o una pint, o una mac o un PC, o Borges o Cortázar. ¿Qué sería de mí si no hubiera renunciado a mi trabajo, si me hubiera callado ante la estupidez burocrática de los que quieren hacer las cosas como saben que no deben hacerse, ante los berrinches de un enano intelectual con megalomanía crónica? En noches como esta me arrepiento. En momentos como el de ahora, 14 de febrero del 2013, empiezo a creer que hubiera sido mejor tragarme el orgullo y mantener mi trabajo. En estos momentos, tiritando de frío, quisiera no saber que vale más el orgullo que la comodidad, quisiera dejar de pensar que tener un trabajo terrible es mejor que estar aquí, a las 4 de la madrugada, intentando dormir en el parque Juárez.

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Algunos suplementos literarios españoles parecen haber olvidado que quienes se acercan a esos suplementos son exactamente lectores, es decir, gente a la que le interesa básicamente leer y que le importa un bledo la foto del último fotógrafo absorto o la imagen peluda de ese bobo que nos sonríe desde la cara B de la incultura. Esa gente que lee, además, es la que –parece una perogrullada- todavía está interesada en comprar periódicos porque allí puede leer. ¿Saben esto algunos directores de algunos periódicos españoles? ¿Saben leer esos directores? ¿Saben que la literatura, el lenguaje escrito, es la creación más valiosa de la humanidad en su tentativa de comprenderse a ella misma? No, muchos no tienen ni idea. La cultura visual no es nada sin el soporte del pensamiento, de la letra escrita. El periódico que montara un suplemento cultural pensado realmente para ser leído –pongamos un periódico que desde las páginas de su suplemento cultural irradiara lectura verdaderamente inteligente- no haría más que hacer prosperar al resto del periódico y recobrar las raíces de la verdadera razón de ser de la prensa. Si vamos hacia el fin del periodismo es porque nadie cae en la cuenta de que no hay que escribir los periódicos para aburrir a todo el mundo con las pequeñas cuitas de los pobres políticos de este país, sino para elevar la moral y la cultura. Y con ella, la cultura del relato, por supuesto. Todos los jóvenes cuentistas de valía de este país se ofrecerían para mejorar lo que a todas luces es tan mejorable. Pero mientras los periódicos sólo los compren los políticos para ver qué dicen de ellos, la crisis de la prensa aumentará.

Nosotros trabajamos para que nos ocupe como papel sanitario 🙂

Noto algo kafkiano acá: Si me apuro para salir temprano e invierto todo el esfuerzo desde el principio de la jornada, saldré tarde. Algún error ocurrirá que hará que las planas ya hechas se repitan, se cambien y muten tanto que ni su madres las reconocería. Si, en cambio, llego a leer blogs, escuchar música y/o ver alguna película, también saldré tarde. El ignorar la nota de algún vulgar político o el hecho más banal de la tarde para poner atención a las cosas importantes de la vida (como los regímenes de encierro en el XVII-XVIII o las andanzas de Serna en los bares de arrabal) tienen su precio en tiempo.

El asunto es que aquí te chingas o te jodes, el tiempo devora y va con madres. El que intenta robarle, aunque sea a arañazos, un par de minutos se condena; el que es indulgente con su trabajo y se permite ciertos lujos lo paga, también, con tiempo. Así, al final de una jornada laboral la carne (y nuestra neurosis, of course) se unen a ese grito final de Joseph K: «¡Como a un perro!»